miércoles, 3 de julio de 2019

FOUCAULT REVISITADO. EL SUJETO DEL SABER ES CAMBIANTE. EL PODER TEME A LO DIFERENTE.

Paradigmas culturales no traducibles.

En los años sesenta, después de la experiencia de la guerra, existe entre los intelectuales una honda preocupación por el progreso cultural humano: ¿es ahí, a la guerra,  a dónde nos llevan el progreso racional, la ciencia y la técnica? 

En 1966, Foucault, a partir de la lectura de Nietzsche, Heidegger y Freud, en Las Palabras y las Cosas, desarrolla una importante crítica al concepto de progreso de la cultura: el discurso de cada época se articula alrededor de un «paradigma» determinado, y por lo tanto es inconmensurable con el discurso de las demás. 

Con ello pasa a formar parte del grupo de pensadores que utilizan el concepto de paradigma, en este caso el cultural, uniéndose a Kuhn que desarrolla esta categoría para el caso especial de la ciencia en La Estructura de las Revoluciones Científicas.

Que los paradigmas sean inconmensurables, con conceptos que no tienen su contrapartida equivalente en culturas distintas, tiene como consecuencia importante que no pueda tampoco apelarse a un sujeto de conocimiento (el hombre) que sea esencialmente el mismo para toda la historia, pues la estructura que le permite concebir el mundo y a sí mismo en cada momento y que, se puede identificar, en gran medida, con el lenguaje, es cambiante.

La forma de calificar, de clasificar, de categorizar, es tan diferente de una cultura a otra, que lo que se dice y se piensa no siempre es traducible.

Foucault explica en qué consiste esta discontinuidad cultural. En concreto, la discontinuidad entre lo que llama la época clásica del XVII y XVIII con respecto de la modernidad que se inicia en el XIX. 

Dos grandes discontinuidades en la episteme de la cultura occidental: aquella con la que se inaugura la época clásica (hacia mediados del siglo XVII) y aquella que, a principios del XIX, señala el umbral de nuestra modernidad (contemporaneidad). 

El orden, a partir del cual pensamos, no tiene el mismo modo de ser que el de los clásicos. Tenemos la fuerte impresión de un movimiento casi ininterrumpido de la ratio europea desde el Renacimiento hasta nuestros días, (...) pero toda esta casi continuidad al nivel de las ideas y de los temas es sólo, sin duda alguna, un efecto superficial; al nivel de la arqueología se ve que el sistema de positividades ha cambiado de manera total al pasar del siglo XVIII al XIX

No se trata de que la razón haya hecho progresos, sino de que el modo de ser de las cosas y el orden que, al repartirlas, las ofrece al saber se ha alterado profundamente. (...) hay algo cierto: que la arqueología, al dirigirse al espacio general del saber, a sus configuraciones y al modo de ser de las cosas que allí aparecen, define los sistemas de simultaneidad, lo mismo que la serie de las mutaciones necesarias y suficientes para circunscribir el umbral de una nueva positividad.

De este modo, el análisis ha podido mostrar la coherencia que ha existido, a lo largo de la época clásica, entre la teoría de la representación y las del lenguaje, de los órdenes naturales, de la riqueza y del valor Es esta configuración la que cambia por completo a partir del siglo XIX; desaparece la teoría de la representación como fundamento general de todos los órdenes posibles; se desvanece el lenguaje en cuanto tabla espontánea y cuadrícula primera de las cosas, como enlace indispensable entre la representación y los seres; una historicidad profunda penetra en el corazón de las cosas, las aísla y las define en su coherencia propia, les impone aquellas formas del orden implícitas en la continuidad del tiempo...

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¿Qué es saber?

Saber consiste en referir el lenguaje al lenguaje; en restituir la gran planicie uniforme de las palabras y de las cosas. Hacer hablar a todo. Es decir, hacer nacer por encima de todas las marcas el discurso segundo del comentario. Lo propio del saber no es ni ver ni demostrar, sino interpretar

(Esta aquí Foucault en la estela de Nietzsche: no hay hechos sino interpretaciones)

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Una arqueología de las ciencias humanas

por MICHEL FOUCAULT

traducción de ELSA CECILIA FROST

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Más tarde, en los setenta, en una segunda etapa, Foucault dirige su interés de un modo más claro hacia la cuestión del poder. En Vigilar y castigar (1975) realiza un análisis de la transición de la tortura al encarcelamiento como modelos punitivos, para concluir que el nuevo modelo obedece a un sistema social que ejerce una mayor presión sobre el individuo y su capacidad para expresar su propia diferencia.

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"Quizá nos dan hoy vergüenza nuestras prisiones. El siglo XIX se sentía orgulloso de las fortalezas que construía en los límites y a veces en el corazón de las ciudades. Le encantaba esta nueva benignidad que remplazaba los patíbulos. Se maravillaba de no castigar ya los cuerpos y de saber corregir en adelante las almas. Aquellos muros, aquellos cerrojos, aquellas celdas figuraban una verdadera empresa de ortopedia social. A los que roban se los encarcela; a los que violan se los encarcela; a los que matan, también. ¿De dónde viene esta extraña práctica y el curioso proyecto de encerrar para corregir, que traen consigo los Códigos penales de la época moderna? ¿Una vieja herencia de las mazmorras de la Edad Media? Más bien una tecnología nueva: el desarrollo, del siglo XVI al XIX, de un verdadero conjunto de procedimientos para dividir en zonas, controlar, medir, encauzar a los individuos y hacerlos a la vez "dóciles y útiles". Vigilancia, ejercicios, maniobras, calificaciones, rangos y lugares, clasificaciones, exámenes, registros, una manera de someter los cuerpos, de dominar las multiplicidades humanas y de manipular sus fuerzas, se ha desarrollado en el curso de los siglos clásicos, en los hospitales, en el ejército, las escuelas, los colegios o los talleres: la disciplina. El siglo XIX inventó, sin duda, las libertades: pero les dio un subsuelo profundo y sólido — la sociedad disciplinaría de la que seguimos dependiendo". 

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El poder siempre teme a lo diferente. En el mejor de los casos, lo diferente está sometido a vigilancia y control. Si de ello resulta la percepción de un amenaza entonces se añade un castigo.
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MICHEL FOUCAULT


MICROFISICA DEL PODER

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¿En qué consiste ese estudio de la microfísica del poder? 

El poder se concibe como una estrategia que consiste en que sus efectos de dominación sean atribuidos a determinadas disposiciones, tácticas y técnicas. 


El poder al que alude Foucault se ejerce, no se posee, no constituye un privilegio detentado o adquirido por la clase dominante sino que es la consecuencia de sus posturas estratégicas. no persigue el control, a través de la obligación o la prohibición, de los sectores más desprotegidos de la sociedad. Se trata de un poder que invade a quienes carecen de él, “pasa por ellos y a través de ellos; se apoya sobre ellos, del mismo modo que ellos mismos, en su lucha contra él, se apoyan a su vez en las presas que ejerce sobre ellos”. 


Esto quiere decir que las relaciones entre el poder y quienes no lo tienen “no se localizan en las relaciones del Estado con los ciudadanos o en la frontera de las clases y que no se limitan a reproducir al nivel de los individuos, de los cuerpos, unos gestos y unos comportamientos, la forma general de la ley o del gobierno”.


En definitiva, el análisis del cuerpo y de la microfísica del poder implica renunciar a la antinomia violencia-ideología, a la propiedad como metáfora, al modelo del contrato social y al de la conquista. 


Respecto al saber, tal análisis implica renunciar a la antinomia interesado-desinteresado, al modelo del conocimiento y a la primacía del sujeto. Lo que pretende Foucault es soñar con una anatomía política, con el estudio del cuerpo político “como conjunto de los elementos materiales y de las técnicas que sirven de armas, de relevos, de vías de comunicación y de puntos de apoyo a las relaciones de poder y de saber que cercan los cuerpos humanos y los dominan haciendo de ellos unos objetos de poder. Se trata de reincorporar las técnicas punitivas-bien se apoderen del cuerpo en el ritual de los suplicios, bien se dirijan al alma-a la historia de ese cuerpo político. Considerar las prácticas penales menos como una consecuencia de las teorías jurídicas que como un capítulo de la anatomía política”

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Foucault ve cambios radicales, cambios de paradigma en el siglo XIX con respecto de la época anterior. Nosotros ahora intuimos que esas características definitorias que da Foucault sobre el saber y el poder, no las recocemos para nuestro momento, o al menos no las reconocemos tal como nos las presenta. ¿Estamos en nuevos cambios de paradigma, esta vez con cambios mucho más rápidos?

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