martes, 27 de febrero de 2024

LOS MITOS PLATÓNICOS DEL FEDRO: EL CARRO ALADO, LAS CIGARRAS Y THEUTH.


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Leer directamente a Platón.

EL FEDRO DE PLATÓN

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EL MITO DEL CARRO ALADO

¿A qué se parece el alma humana?

Conviene, dice Sócrates, que en primer lugar intuyamos la verdad sobre la naturaleza divina y humana del alma, viendo qué es lo que siente y qué es lo que hace. Y éste es el principio de la demostración.

Cómo es el alma, requeriría toda una larga y divina explicación; pero decir a qué se parece, es ya asunto humano y, por supuesto, más breve. 

Podríamos entonces decir que se parece a una fuerza que, como si hubieran nacido juntos, lleva a una yunta alada y a su auriga. 

Pues bien, los caballos y los aurigas de los dioses son todos ellos buenos, y buena su casta, la de los otros es mezclada. Por lo que a nosotros se refiere, hay, en primer lugar, un conductor que guía un tronco de caballos y, después, estos caballos de los cuales uno es bueno y hermoso, y está hecho de esos mismos elementos, y el otro de todo lo contrario, como también su origen. Necesariamente, pues, nos resultará difícil y duro su manejo.

Y ahora, precisamente, hay que intentar decir de dónde le viene al viviente la denominación de mortal e inmortal. Todo lo que es alma tiene a su cargo lo inanimado, y recorre el cielo entero, tomando unas veces una forma y otras otra. Si es perfecta y alada, surca las alturas, y gobierna todo el Cosmos. Pero la que ha perdido sus alas va a la deriva, hasta que se agarra a algo sólido, donde se asienta y se hace con cuerpo terrestre que parece moverse a sí mismo en virtud de la fuerza de aquélla. Este compuesto, cristalización de alma y cuerpo, se llama ser vivo, y recibe el sobrenombre de mortal. 


El nombre de inmortal no puede razonarse con palabra alguna; pero no habiéndolo visto ni intuido satisfactoriamente, nos figuramos a la divinidad, como un viviente inmortal, que tiene alma, que tiene cuerpo, unidos ambos, de forma natural, por toda la eternidad. Pero, en fin, que sea como plazca a la divinidad, y que sean estas nuestras palabras.

Consideremos la causa de la pérdida de las alas, y por la que se le desprenden al alma. Es algo así como lo que sigue. 

El poder natural del ala es levantar lo pesado, llevándolo hacia arriba, hacia donde mora el linaje de los dioses. En cierta manera, de todo lo que tiene que ver con el cuerpo, es lo que más unido se encuentra a lo divino. Y lo divino es bello, sabio, bueno y otras cosas por el estilo. De esto se alimenta y con esto crece, sobre todo, el plumaje del alma; pero con lo torpe y lo malo y todo lo que le es contrario, se consume y acaba. Por cierto que Zeus, el poderoso señor de los cielos, conduciendo su alado carro, marcha en cabeza, ordenándolo todo y de todo ocupándose. Le sigue un tropel de dioses y démones ordenados en once filas. Pues Hestia  se queda en la morada de los dioses, sola, mientras todos los otros, que han sido colocados en número de doce, como dioses jefes, van al frente de los órdenes a cada uno asignados. Son muchas, por cierto, las miríficas visiones que ofrece la intimidad de las sendas celestes, caminadas por el linaje de los felices dioses, haciendo cada uno lo que tienen que hacer, y seguidos por los que, en cualquier caso, quieran y puedan. Está lejos la envidia de los coros divinos. Y, sin embargo ,figuramos a la divinidad, como un viviente inmortal, que tiene alma, que tiene cuerpo, unidos ambos, de forma natural, por toda la eternidad. 

Está lejos la envidia de los coros divinos. Y, sin embargo, cuando van a festejarse a sus banquetes, marchan hacia las empinadas cumbres, por lo más alto del arco que sostiene el cielo, donde precisamente los carros de los dioses, con el suave balanceo de sus firmes riendas, avanzan fácilmente, pero a los otros les cuesta trabajo. Porque el caballo entreverado de maldad gravita y tira hacia la tierra, forzando al auriga que no lo haya domesticado con esmero. 

Allí se encuentra el alma con su dura y fatigosa prueba. Pues las que se llaman inmortales, cuando han alcanzado la cima, saliéndose fuera, se alzan sobre la espalda del cielo, y al alzarse se las lleva el movimiento circular en su órbita, y contemplan lo que está al otro lado del cielo. 

A ese lugar supraceleste, no lo ha cantado poeta alguno de los de aquí abajo, ni lo cantará jamás como merece. Pero es algo como esto -ya que se ha de tener el coraje de decir la verdad, y sobre todo cuando es de ella de la que se habla-: porque, incolora, informe, intangible esa esencia cuyo ser es realmente ser , vista sólo por el entendimiento, piloto del alma, y alrededor de la que crece el verdadero saber, ocupa, precisamente, tal lugar. Como la mente de lo divino se alimenta de un entender y saber incontaminado, lo mismo que toda alma que tenga empeño en recibir lo que le conviene, viendo, al cabo del tiempo, el ser, se llena de contento, y en la contemplación de la verdad, encuentra su alimento y bienestar, hasta que el movimiento, en su ronda, la vuelva a su sitio. En este giro, tiene ante su vista a la misma justicia, tiene ante su vista a la sensatez, tiene ante su vista a la ciencia, y no aquella a la que le es propio la génesis, ni la que, de algún modo, es otra al ser en otro -en eso otro que nosotros llamamos entes-, sino esa ciencia que es de lo que verdaderamente es ser. 

Y habiendo visto, de la misma manera, todos los otros seres que de verdad son, y nutrida de ellos, se hunde de nuevo en el interior del cielo, y vuelve a su casa. Una vez que ha llegado, el auriga detiene los caballos ante el pesebre, les echa, de pienso, ambrosía, y los abreva con néctar. Tal es, pues, la vida de los dioses. 

De las otras almas, la que mejor ha seguido al dios y más se le parece, levanta la cabeza del auriga hacia el lugar exterior, siguiendo, en su giro, el movimiento celeste, pero, soliviantada por los caballos, apenas si alcanza a ver los seres. Hay alguna que, a ratos, se alza, a ratos se hunde y, forzada por los caballos, ve unas cosas sí y otras no. Las hay que, deseosas todas de las alturas, siguen adelante, pero no lo consiguen y acaban sumergiéndose en ese movimiento que las arrastra, pateándose y amontonándose, al intentar ser unas más que otras. Confusión, pues, y porfías y supremas fatigas donde, por torpeza de los aurigas, se quedan muchas renqueantes, y a otras muchas se les parten muchas alas. Todas, en fin, después de tantas penas, tienen que irse sin haber podido alcanzar la visión del ser; y, una vez que se han ido, les queda sólo la opinión por alimento. El porqué de todo este empeño por divisar dónde está la llanura de la Verdad , se debe a que el pasto adecuado para la mejor parte del alma es el que viene del prado que allí hay, y el que la naturaleza del ala, que hace ligera al alma, de él se nutre. 

Así es, pues, el precepto de Adrastea. Cualquier alma que, en el séquito de lo divino, haya vislumbrado algo de lo verdadero, estará indemne hasta el próximo giro y, siempre que haga lo mismo, estará libre de daño. Pero cuando, por no haber podido seguirlo, no lo ha visto, y por cualquier azaroso suceso se va gravitando llena de olvido y dejadez, debido a este lastre, pierde las alas y cae a tierra. 

Entonces es de ley que tal alma no se implante en ninguna naturaleza animal, en la primera generación, sino que sea la que más ha visto la que llegue a los genes de un varón que habrá de ser amigo del saber, de la belleza o de las Musas tal vez, y del amor; la segunda, que sea para un rey nacido de leyes o un guerrero y hombre de gobierno; la tercera, para un político o un administrador o un hombre de negocios; la cuarta, para alguien a quien le va el esfuerzo corporal, para un gimnasta, o para quien se dedique a curar cuerpos; la quinta habrá de ser para una vida dedicada al arte adivinatorio o a los ritos de iniciación; con la sexta se acoplará un poeta, uno de ésos a quienes les da por la imitación; sea la séptima para un artesano o un campesino; la octava, para un sofista o un demagogo, y para un tirano la novena. 

De entre todos estos casos, aquel que haya llevado una vida justa es partícipe de un mejor destino, y el que haya vivido injustamente, de uno peor. 

Porque allí mismo de donde partió no vuelve alma alguna antes de diez mil años -ya que no le salen alas antes de ese tiempo-, a no ser en el caso de aquel que haya filosofado sin engaño, o haya amado a los jóvenes con filosofía. Éstas, en el tercer período de mil años, si han elegido tres veces seguidas la misma vida, vuelven a cobrar sus alas y, con ellas, se alejan al cumplirse esos tres mil años. Las demás, sin embargo, cuando acabaron su primera vida, son llamadas a juicio y, una vez juzgadas, van a parar a prisiones subterráneas, donde expían su pena; y otras hay que, elevadas por la justicia a algún lugar celeste, llevan una vida tan digna como la que vivieron cuando tenían forma humana. Al llegar el milenio, teniendo unas y otras que sortear y escoger la segunda existencia, son libres de elegir la que quieran. Puede ocurrir entonces que un alma humana venga a vivir a un animal, y el que alguna vez fue hombre se pase, otra vez, de animal a hombre. »Porque nunca el alma que no haya visto la verdad puede tomar figura humana. 

Conviene que, en efecto, el hombre se dé cuenta de lo que le dicen las ideas, yendo de muchas sensaciones a aquello que se concentra en el pensamiento. Esto es, por cierto, la reminiscencia de lo que vio, en otro tiempo, nuestra alma, cuando iba de camino con la divinidad, mirando desde lo alto a lo que ahora decimos que es, y alzando la cabeza a lo que es en realidad.

Por eso, es justo que sólo la mente del filósofo sea alada, ya que, en su memoria y en la medida de lo posible, se encuentra aquello que siempre es y que hace que, por tenerlo delante, el dios sea divino. El varón, pues, que haga uso adecuado de tales recordatorios, iniciado en tales ceremonias perfectas, sólo él será perfecto. Apartado, así, de humanos menesteres y volcado a lo divino, es tachado por la gente como de perturbado, sin darse cuenta de que lo que está es «entusiasmado».

Y aquí es, precisamente, a donde viene a parar todo ese discurso sobre la cuarta forma de locura, aquella que se da cuando alguien contempla la belleza de este mundo, y, recordando la verdadera, le salen alas y, así alado, le entran deseos de alzar el vuelo, y no lográndolo, mira hacia arriba como si fuera un pájaro, olvidado de las de aquí abajo, y dando ocasión a que se le tenga por loco. Así que, de todas las formas de «entusiasmo», es ésta la mejor de las mejores, tanto para el que la tiene, como para el que con ella se comunica; y al partícipe de esta manía, al amante de los bellos, se le llama enamorado.

Así que, como se ha dicho, toda alma de hombre, por su propia naturaleza, ha visto a los seres verdaderos, o no habría llegado a ser el viviente que es. Pero el acordarse de ellos, por los de aquí, no es asunto fácil para todo el mundo, ni para cuantos, fugazmente, vieron entonces las cosas de allí, ni para los que tuvieron la desdicha, al caer, de descarriarse en ciertas compañías, hacia lo injusto, viniéndoles el olvido del sagrado espectáculo que otrora habían visto. Pocas hay, pues, que tengan suficiente memoria. Pero éstas, cuando ven algo semejante a las de allí, se quedan como traspuestas, sin poder ser dueñas de sí mismas, y sin saber qué es lo que les está pasando, al no percibirlo con propiedad. De la justicia, pues, y de la sensatez y de cuanto hay de valioso para las almas no queda resplandor alguno en las imitaciones de aquí abajo, y sólo con esfuerzo y a través de órganos poco claros les es dado a unos pocos, apoyándose en las imágenes, intuir el género de lo representado. Pero ver el fulgor de la belleza se pudo entonces, cuando con el coro de bienaventurados teníamos a la vista la divina y dichosa visión, al seguir nosotros el cortejo de Zeus, y otros el de otros dioses, como inicia- dos que éramos en esos misterios, que es justo llamar los más llenos de dicha, y que celebramos en toda nuestra plenitud y sin padecer ninguno de los males que, en tiempo venidero, nos aguardaban. Plenas y puras y serenas y felices las visiones en las que hemos sido iniciados, y de las que, en su momento supremo, alcanzábamos el brillo más límpido, límpidos también nosotros, sin el estigma que es toda esta tumba que nos rodea y que llamamos cuerpo, prisioneros en él como una ostra. 

Sea todo esto en gracias al recuerdo que, en el anhelo de lo de entonces, ha hecho que ahora se hable largamente aquí. Como íbamos diciendo, y por lo que a la belleza se refiere, resplandecía entre todas aquellas visiones; pero, en llegando aquí, la captamos a través del más claro de nuestros sentidos, porque es también el que más claramente brilla. Es la vista 70, en efecto, para nosotros, la más fina de las sensaciones que, por medio del cuerpo, nos llegan; pero con ella no se ve la mente -porque nos procuraría terribles amores, si en su imagen hubiese la misma claridad que ella tiene, y llegase a sí a nuestra vista 71 y lo mismo pasaría con todo cuanto hay digno de amarse. Pero sólo a la belleza le ha sido dado el ser lo más deslumbrante y lo más amable 72. »Ahora bien, el que ya no es novicio o se ha corrompido, no se deja llevar, con presteza, de aquí para allá, para donde está la belleza misma, por el hecho de mirar lo que aquí tiene tal nombre, de forma que, al contemplarla, no siente estremecimiento alguno, sino que, dado al placer, pretende como un cuadrúpedo, cubrir y hacer hijos, y muy versado ya en sus excesos, ni teme ni se avergüenza de perseguir un placer contra naturaleza. Sin embargo, aquel cuya iniciación es todavía reciente, el que contempló mucho de las de entonces, cuando ve un rostro de forma divina, o entrevé, en el cuerpo, una idea que imita bien a la belleza 73, se estremece primero, y le

LAS CIGARRAS

"Se cuenta que, en otros tiempos, las cigarras eran hombres de ésos que existieron antes de las Musas, pero que, al nacer éstas y aparecer el canto, algunos de ellos quedaron embelesados de gozo hasta tal punto que se pusieron a cantar sin acordarse de comer ni beber, y en ese olvido se murieron. De ellos se originó, después, la raza de las cigarras, que recibieron de las Musas ese don de no necesitar alimento alguno desde que nacen y, sin comer ni beber, no dejan de cantar hasta que mueren, y, después de esto, el de ir a las Musas a anunciarles quién de los de aquí abajo honra a cada una de ellas. 

En efecto, a Terpsícore le cuentan quién de ellos la honran en las danzas, y hacen así que los mire con más buenos ojos; a Érato le dicen quiénes la honran en el amor, y de semejante manera a todas las otras, según la especie de honor propio de cada una. Pero es a la mayor, Calíope , y a la que va detrás de ella, Urania, a quienes anuncian los que pasan la vida en la filosofía y honran su música. Precisamente éstas, por ser de entre las Musas las que tienen que ver con el cielo y con los discursos divinos y humanos, son también las que dejan oír la voz más bella".

(las cigarras incitan, con su canto, a no cejar en la investigación. Ellas también establecen el puente entre el cuerpo y sus deseos de conocimiento, y dicen a las Musas, a Calíope y Urania, quiénes son «los que pasan la vida en la filosofía y honran su música». Hay que llegar, por tanto, al fondo del lenguaje, al conocimiento de la «persuasión» que tiene que ver con la Verdad y no sólo con su apariencia. Enredado en el proceso de la historia, el lenguaje puede servir también de instrumento para condicionarla y desorientarla: una retórica, o sea, un arte de las palabras que sólo cede a aquellas presiones de los hombres que se conforman a lo que «sin fundamento se les dice» porque es precisamente eso lo que quieren oír).

La retórica, en definitiva, tiene que ver con la Verdad. No con la apariencia de verdad como defienden los sofistas. 


Theuth y Thamus

"Platón ha sido el primero que, en un tiempo en el que se iniciaba la literatura, nos ha enseñado lo supraliterario en la palabra viva», (K. Reinhardt).

Ningún otro mito expresa con mayor fuerza y originalidad la modernidad del pensamiento platónico que el mito de Theuth y Thamus con el que concluye el Fedro. 

(No hay que minusvalorar estos mitos cortos que cierran diálogos importantes. Es el caso del mito de Er, al final de República; y es el caso de este mito que cierra el Fedro). 

En él se plantea el problema de la relación entre escritura y memoria, entre la vida de la voz, tras la que siempre hay un hombre que pueda dar cuenta de ella, de su sentido y justificación, y la indefensión de las letras en las que se transmite el lenguaje. Después del análisis que Platón hace de la retórica, de la lectura del «escrito» de Lisias, de las brillantes descripciones de aquellas almas que «han visto» las ideas, que añoran la «llanura de la Verdad» y que alcanzarán la inmortalidad en ese «eterno movimiento» en cuyos ciclos viven, las letras que Theuth, el inventor, ofrece a Thamus como residuo firme para la memoria, parecen demasiado débiles para resistir el tiempo y medirse con los ritmos de la voz y la vida.

Dice Sócrates: 

Oí que había por Naucratis, en Egipto, uno de los antiguos dioses del lugar al que, por cierto, está consagrado el pájaro que llaman Ibis. El nombre de aquella divinidad era el de Theuth. Fue éste quien, primero, descubrió el número y el cálculo, y, también, la geometría y la astronomía, y, además, el juego de damas y el de dados, y, sobre todo, las letras. 

Por aquel entonces, era rey de todo Egipto Thamus, que vivía en la gran ciudad de la parte alta del país, que los griegos llaman la Tebas egipcia, así como a Thamus llaman Ammón. A él vino Theuth, y le mostraba sus artes, diciéndole que debían ser entregadas al resto de los egipcios. Pero él le preguntó cuál era la utilidad que cada una tenía, y, conforme se las iba minuciosamente exponiendo, lo aprobaba o desaprobaba, según le pareciese bien o mal lo que decía. Muchas, según se cuenta, son las observaciones que, a favor o en contra de cada arte, hizo Thamus a Theuth, y tendríamos que disponer de muchas palabras para tratarlas todas. Pero, cuando llegaron a lo de las letras, dijo Theuth: «Este conocimiento, oh rey, hará más sabio a los egipcios y más memoriosos, pues se ha inventado como un fármaco de la memoria y de la sabiduría.» Pero él le dijo: «¡Oh artificiosísimo Theuth! A unos les es dado crear arte, a otros juzgar qué de daño o provecho aporta para los que pretenden hacer uso de él. Y ahora tú, precisamente, padre que eres de las letras, por apego a ellas, les atribuyes poderes contrarios a los que tienen. Porque es olvido lo que producirán en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos. No es, pues, un fármaco de la memoria lo que has hallado, sino un simple recordatorio. Apariencia de sabiduría es lo que proporcionas a tus alumnos, que no verdad. Porque habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas , parecerá que tienen muchos conocimientos, siendo, al contrario, en la mayoría de los casos, totalmente ignorantes, y difíciles, además, de tratar porque han acabado por convertirse en sabios aparentes en lugar de sabios de verdad.»

(...)

Así pues, el que piensa que al dejar un arte por escrito, y, de la misma manera, el que lo recibe, deja algo claro y firme por el hecho de estar en letras, rebosa ingenuidad y, en realidad, desconoce la predicción de Ammón, creyendo que las palabras escritas son algo más, para el que las sabe, que un recordatorio de aquellas cosas sobre las que versa la escritura.


Es impresionante, Fedro, lo que pasa con la escritura, y por lo que tanto se parece a la pintura. En efecto, sus vástagos están ante nosotros como si tuvieran vida; pero, si se les pregunta algo, responden con el más altivo de los silencios. Lo mismo pasa con las palabras. Podrías llegar a creer como si lo que dicen fueran pensándolo; pero si alguien pregunta, queriendo aprender de lo que dicen, apuntan siempre y únicamente a una y la misma cosa. Pero, eso sí, con que una vez algo haya sido puesto por escrito, las palabras ruedan por doquier, igual entre los entendidos que como entre aquellos a los que no les importa en absoluto, sin saber distinguir a quiénes conviene hablar y a quiénes no. Y si son maltratadas o vituperadas injustamente, necesitan siempre la ayuda del padre, ya que ellas solas no son capaces de defenderse ni de ayudarse a sí mismas.

¿Podemos dirigir los ojos hacia otro tipo de discurso, hermano legítimo de éste, y ver cómo nace y cuánto mejor y más fuertemente se desarrolla? 

Me refiero a aquel que se escribe con ciencia en el alma del que aprende; capaz de defenderse a sí mismo, y sabiendo con quiénes hablar y ante quiénes callarse. 

Dice Fedro:

¿Te refieres a ese discurso lleno de vida y de alma, que tiene el que sabe y del que el escrito se podría justamente decir que es el reflejo?

Responde Sócrates:

Sin duda.

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jueves, 15 de febrero de 2024

LOS HUMEDALES COSTEROS Y EL CAMBIO CLIMÁTICO

¿Existen formas de disminuir el CO2 de la atmosfera de modo natural?

la respuesta es afirmativa.

los humedales son capaces de realizar esta función.

La captación de carbono en humedales se realiza, en su mayoría, a través de las plantas que fijan el dióxido de carbono (CO2) de la atmósfera y lo convierten en carbono orgánico. Se han detectado productividades de 0.4-32 Mg C por ha y año, para diferentes humedales.

Sin embargo, por otro lado, en los suelos de humedales se llevan a cabo procesos anaerobios como la metanogénesis cuyo producto final es el metano (CH4 ), considerado un gas con efecto invernadero, con un potencial de calentamiento global 20 veces mayor al del CO2 y que contribuye con 20% al calentamiento global.

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Wetland Soils as Carbon Sinks and Sources of Methane 

María Elizabeth Hernández 

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La acumulación neta de C en los humedales resulta de la productividad primaria y la deposición o acumulación de sustancias orgánicas alóctonas, menos la descomposición de materia orgánica en el suelo. Este balance, determina si un humedal actúa como fuente de gases invernadero o como trampa de C. La acumulación de C en los humedales se realiza en 2 compartimentos principales, la biomasa vegetal y los suelos.


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LA FORMACIÓN DE HUMEDALES COSTEROS DURANTE EL HOLOCENO: EL CASO DE LA BAHÍA DE ALCUDIA EN MALLORCA.


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jueves, 1 de febrero de 2024

LA SENSIBILIDAD AL CARBONO DE LA TEMPERATURA TERRESTRE ES LA CLAVE DE LOS MODELOS MATEMÁTICOS SOBRE EL CAMBIO CLIMÁTICO.

Los modelos matemáticos contienen con frecuencia parámetros que son determinantes para los resultados que se obtiene con ellos. Qué valor se da a esos parámetros, qué confianza tenemos en ese valor o cómo se ha obtenido, son preguntas que es necesario hacer. 

Por supuesto, una cuestión preliminar es ser consciente de que el valor que se da a un parámetro en concreto puede hace variar totalmente el resultado, y sobre todo, hay que preguntarse por las consecuencias de arrastrar ese resultados a otros modelos o a la toma de decisiones. 

Hacia el año 2006, se vio, por ejemplo, como el modelo que servía de base al informe Stern, que contemplaba de modo integrado economía, clima y medio ambiente, era muy dependiente de la tasa de descuento que se tomara como parámetro en ese modelo. 

Actualmente, los modelos matemáticos que tratan de calcular cual será la temperatura de la atmosfera terrestre en un determinado escenario de emisiones, son muy dependientes del valor que se da a la sensibilidad climática. 

La sensibilidad climática (SC) es definida como el incremento de la temperatura media de la superficie del planeta en respuesta a algún cambio del forzamiento radiativo.

La sensibilidad climática que nos interesa en la modelación del cambio climático es la sensibilidad climática al carbono. Esta se expresa, de modo general, como el cambio de temperatura asociado con una duplicación de la concentración del dióxido de carbono en la atmósfera.


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The concept of climate sensitivity: history and development 

Natalia Andronova, Michael Schlesinger, Suraje Dessai, Mike Hulme and Bin Li

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https://www.youtube.com/watch?v=4S9sDyooxf4

... climate sensitivity is and why it is important. Climate sensitivity is a number that roughly speaking tells us how fast climate change will .

YouTube · Sabine Hossenfelder ·


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miércoles, 3 de enero de 2024

SHELLENBERGER. EL APOCALIPIS DEL CAMBIO CLÍMATICO A EXAMEN.

 


Shellenberger es un clásico del las discusiones sobre el cambio climático. Su peculiaridad radica en que, siendo ambientalista es, a la vez, muy crítico con la posición de la corriente científica principal. Pero, en qué es crítico. 

La respuesta requiere cierta matización. 

Por un lado, se acepta que el cambio climático es un hecho y que, además, la actividad industrial humana tiene mucho que ver en ello. Qué es no lo se acepta entonces. 

Lo que no acepta es la tesis de que estamos ante una emergencia climática sin precedentes que justifique acciones que van en contra de la mayoría de los humanos. No estamos, dice, ante un apocalipsis climático. 

Si eso es así, la pregunta siguiente es a quién benefician entonces esas medidas. ¿Con qué intereses se corresponden? ¿ A dónde se quiere llegar? 

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Acusar de negacionista a todo aquel que no acepta que estamos ante una situación apocalíptica es simplemente cortar la posibilidad real de debatir sobre cual es el verdadero alcance del problema y cuales pueden ser las soluciones.  Utilizar ese calificativo es estar instalado en la cultura de la cancelación. 

En el activista climático, que toma su cruzada como una religión, dice Shellenberger, existe una clara misantropía que procede de un perfil depresivo que se basa en la idea de que estamos ante un mundo caído sin solución. Esa no es la realidad, que, por el contrario, se presenta con grandes avances respecto de situaciones pasadas; avances que no son sólo tecnológicos sino que avanzamos también en el progreso medioambiental. 

La desindustralización no fue en absoluto una idea que estuviera en el programa de la izquierda antes de la Segunda Guerra Mundial. Sólo después de la guerra, la izquierda abraza el neomaltusianismo, que acaba dando la ideología woke, que trata de regular todos los ámbitos de la vida humana.

Shellenberger es muy duro con Greta T., a la que ve como instrumento de la élites. 

A la cuestión de si el activismo está basado en la ciencia, responde acusando de desinformación al activismo climático.   

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miércoles, 15 de noviembre de 2023

PRESOCRÁTICOS Y SOFISTAS. LOS TEXTOS Y LOS CONTEXTOS.

Para acercarnos al pensamiento presocrático de un modo no obvio, debemos tomar algunas precauciones.

Una primera precaución es la de atender a las fuentes textuales originales. Aquí, lo que hay que saber es que los textos conservados son extremadamente escasos para algunos autores, especialmente los más antiguos. Esto significa que no debemos caer en el error de asignar a tal o cual autor afirmaciones no hechas por él. 

Para interpretar esos textos pueden seguirse algunas estrategias. 

Una estrategia con larga tradición es la aproximación filológica al problema. Con ello, de lo que se trata es de desgranar el significado que tenía el vocabulario utilizado en el momento en que se escribió el texto, tanto para el propio autor como para los oyentes a los que el texto se dirige. Expresiones como arjé, apeiron, logos o aleteia, deben ser cuidadosamente analizadas bajo este punto de vista.

Otra estrategia muy útil consiste en atender a los contextos. 

Sin duda, el primer contexto oportuno es el conjunto de textos del autor y el de los otros autores, si los hay, con los que éste discute o a los que éste sigue.

Tenemos además otros contextos muy pertinentes: el geográfico (que nos da una especie de geofilosofía), el histórico, el cultural...; pero para que estos contextos adquieran verdadera potencia interpretativa, hermenéutica, se ha de indagar en ámbitos más complejos, para lo cual se necesita un esfuerzo arduo de comprensión. 

Afortunadamente para nosotros, gran parte de este trabajo ya está hecho: Niestzche, Heiddeger, Gadamer, Vattimo,...


Lo que resulta de este esfuerzo ya realizado es la conclusión de que puede postularse un doble inicio para la filosofía. Desde este punto de vista, cada uno de los dos caminos puede tiene raíces en un conjunto de mitos y racionalidades con raíces profundas. Podemos ver dos árboles con sus raíces, enraizados no obstante en el mismo suelo griego.

 

De acuerdo con esta forma de ver las cosas, tenemos, por un lado, una tradición pitagórica cuyas raíces estarían en la mística órfica. Por el otro lado, nos encontraos con la tradición que se inicia en Tales, cuyas raíces se hunden en la teología racional délfica, vinculada con el l oráculo de Delfos.

A su vez, estos dos caminos se oponen, y esto les da cierta unidad, frente a una tercera visión: la de la textualidad de los mitos tradicionales de Homero y de Hesíodo. Frente a ésta, los dos caminos son el mismo: el camino de la filosofía. 

HAY TEOLOGÍA EN LOS PRESOCRÁTICOS

Los positivistas han visto su propia imagen en la filosofía de la naturaleza de los antiguos filósofos griegos. En el  otro extremo, la reacción antipositivista ha visto en la cosmología griega un vástago del orfismo. Es decir, o bien la física de los griegos es como la física del XIX, o bien esconde realmente un relato místico.

 Sin embargo, dice Jaeger, si se abandonan estos extremos, puede verse en los griegos una teología filosófica, y que ésta es su manera racional de acercarse a la naturaleza de la realidad. 

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LA TEOLOGÍA DE LOS PRIMEROS FILÓSOFOS GRIEGOS 

por Werner  JAEGER

Las investigaciones de Werner Jaeger sobre el pensamiento de Aristóteles lo hicieron mundialmente famoso, y sus trabajos sobre los filósofos presocráticos y sobre la evolución de las ideas aristotélicas tuvieron una influencia decisiva sobre los estudios y el conocimiento de la filosofía griega y sobre la historia antigua de Grecia en general. 

Sus principales obras (algunas de ellas publicadas inicialmente en alemán, otras en inglés) son: Historia de la evolución de la metafísica de Aristóteles (1912), Aristóteles. Fundamentos de una historia de su desarrollo (1923), Diocles de Caristo (1938), Paideia. La formación del hombre griego (1933-1947), Humanismo y teología (1943), La teología de los primeros filósofos griegos (1948) y Cristianismo primitivo y paideia griega (1961).


Un filósofo como el milesio Anaximandro, dice Jaeger, tuvo que haber experimentado sentimientos despectivos al considerar lo que contaban los mitos (de Homero y Hesiodo) acerca de los dioses y del origen del mundo. Cabría esperar que todo el que tuviera semejante punto de vista se lavara las manos ante aquello que hemos venido llamando teología. Que se llame a estos nuevos hombres filósofos naturales o físicos pudiera parecer la expresión de un deslinde de intereses que eliminaría automáticamente toda preocupación por los dioses. Al confinarse en los hechos comprobables por los sentidos, los jonios parecerían, pues, haber tomado una posición francamente no teológica. Pero vayamos más despacio. 

Tales dice que todas las cosas han venido del Agua. Pero su agua es una parte visible del mundo de la experiencia (a diferencia del Océano de Homero). 


Si bien su teoría parece ser puramente física, evidentemente la piensa como teniendo también un carácter metafísico (utilizando esta expresión antes de tiempo). Este hecho se revela en la única de sus sentencias que ha llegado hasta nosotros en su tenor literal: "todo está lleno de dioses".

Ahora bien, los dioses de Tales no viven aparte, en alguna región remota e inaccesible, sino que todo, esto es, todo ese mundo que nos rodea familiarmente y que nuestra razón toma con tanta tranquilidad, esta lleno de dioses y de los efectos de su poder.
 

Una vez que se hace esta afirmación, la física que se puede hacer no puede tener mucho que ver con la física del XIX.

Una anécdota atribuida a Heráclito.
 "Entrad. También aquí hay dioses". 

Estando él al lado del hogar de su casa, calentándose, se dio cuenta de unos visitantes que se hallaban en el umbral de la misma y vacilaban en entrar. Entonces les gritó: "Entrad. También aquí hay dioses". Las palabras de Heráclito suponen la sentencia de Tales, de que todo está lleno de dioses, ingeniosamente aplicada aquí a la situación del momento.  

El cuento es simbólico del progreso intelectual que caracteriza los comienzos de la filosofía griega. Sobre las puertas de la filosofía del Ser, que empieza con Tales, figura la inscripción, visible desde lejos a los ojos del espíritu: "Entrad. También aquí hay dioses". 

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La investigación crítica de la segunda parte de siglo XX y lo que llevamos del siglo XXI ha ido matizando el trabajo de Jaeger. No obstante, lo que dice sobre Jenófanes, en concreto, sigue siendo muy interesante.  

JENOFANES VISTO POR JAEGER

La filosofía es esencialmente crítica, siempre en debate y discusión. La pregunta de con quién está en discusión Jenófanes es por lo tanto oportuna y la respuesta es clara: Homero.

La tradición intelectual y moral dominante tenía en Homero su representante, siendo éste por quien había sido educada toda la Hélade. Jenófanes pensaba esto mismo: para él era Homero el hombre de quien todos los hombres han aprendido desde el comienzo. Estas palabras revelan una clara percepción de la todopoderosa autoridad de Homero dentro del área entera de la cultura griega. Y fue precisamente a causa de esta percepción por lo que Jenófanes se sintió obligado a atacar a Homero como el principal sostén de los errores que prevalecían. 

Anaximandro, dice Jaeger, tuvo que sentir su propia oposición a las deidades antropomórficas de la tradición cuando afirmaba audazmente que lo Ilimitado era lo Divino, rehusándose así a permitir que la naturaleza divina tomase la forma de distintos dioses individuales, pero es Jenófanes el primero que declara la guerra a los viejos dioses: Un dios es el sumo entre los dioses y los hombres· Ni en su forma, ni en su pensamiento es igual a los mortales. 

Una cosa es segura para Jenófanes: el espíritu humano es una forma inadecuada para comprender por medio de ella esa infinita unidad que lo gobierna todo: el Dios Uno.

Ahora bien, el Uno no significa el único.  Jenófanes, a la vez que exalta a este Dios como más que humano, también lo califica explícitamente como "el más grande entre los dioses y los hombres".


Por otro lado, y eso es muy importante, el Dios de Jenófanes está indiscutiblemente imaginado como un ser consciente, personal, hecho que lo distingue de lo que Anaximandro llama lo divino. El Dios de Jenófanes "ve como un todo, piensa como un todo, oye como un todo".


La expresión ver, oír o pensar como un todo, dice más de lo que parece. Es consistente que el Uno no sea antropomórfico, puesto que no oye con algo que pueda asimilarse a los órganos del oído, sino que es todo él el que oye.


El Uno no está en movimiento sino en reposo, y es omnipotente: puede hacer oscilar el mundo sólo con el poder de su espíritu.


Con todo, lo importante es que Jenófanes no fue un fenómeno aislado. Se limitó a colocar a la plena luz de la conciencia las inevitables consecuencias de la revolución filosófica para la fe religiosa a que conducían las teorías jónicas sobre la naturaleza.

Pero no se le oculta en absoluto a Jenófanes que esa fe religiosa que el promueve choca con la asentada relación de los dioses con la polis. 

Por lo tanto, no será hasta el siglo IV, cuando habían muerto los dioses de la polís y esta misma iba perdiendo su identidad dentro del imperio universal de Alejandro, que pueda llegar  a su plenitud la teología universalista.

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Leer directamente a Jaeger.


LA TEOLOGIA DE LOS PRIMEROS FILOSOFOS GRIEGOS 

WERNER JAEGER

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¿Hay una escuela de Elea?

La relación entre Jenófanes con Parménides y Zenón ha sido tradicionalmente problemática para historia de la filosofía. Pero las cosas se entienden mejor, es decir, se entiende mejor a Parménides si Jenófanes fue de algún modo su maestro.

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ANAXÁGORAS EN LA ATENAS DE PERICLES

El desencadenante de la democracia en Atenas es un tiranicidio. Después de ese primer acto, los hechos se suceden y Clístenes protagoniza otro hecho singular cediendo el poder a una asamblea.

En el episodio siguiente, la guerra con los persas concede protagonismo a Temistocles, y éste se lo concede a lo flota, y esto último no tiene poca importancia en la consolidación de la democracia puesto que la clase menos poderosa económicamente es sin embargo la que sostiene con sus remeros la potencia de ataque de los barcos atenienses. 

El liderazgo que la victoria en la guerra le otorga a Atenas, deviene de un modo bastante natural en la hegemonía de la ciudad con respecto de la mayoría de las ciudades del Egeo. La cabeza de ese proyecto imperialista es Pericles, que accede al poder en el 460 ane, lo que en la peculiaridad política de Atenas significa tener la influencia prácticamente incontestada sobre las decisiones de la asamblea. 

 

Las dos singularidades de Atenas, la de la política interna, por un lado,  y su posición de liderazgo imperialista en la política exterior, por otro, la convierten en un polo de atracción intelectual, tanto para un modo de racionalidad orientada a los asuntos de la polis, como a otro modo de racionalidad que ahora podemos identificar como filosófico, y que en ese momento se caracteriza por ocuparse de la que un término  griego no exactamente traducible: physis.  

 

El modo de racionalidad política tenía ya en tiempos de Pericles una tradición de varias generaciones en Atenas. Solón, tan pronto como en el siglo VI, y por lo tanto cien años antes de Pericles, es un representante típico de la racionalidad política, por el tipo de problemas que se plantea y el tipo de soluciones que da: la legislación de Solón.  

Los dos modos de racionalidad tienen intersecciones y nada impide que una sola persona practique ambas. Es el caso de Tales. Ahora bien, Tales no es ateniense, es milesio. El primer nombre  con el que Atenas  queda asociada a la racionalidad filosófica es Anaxágoras de Clazomene. 



Clazómene es una  ciudad portuaria del Asia Menor cercana a Mileto  (la ciudad de Tales, Anaximandro y Anaximenes). Anaxágoras se trasladó en su juventud a Atenas, donde residiría por espacio de unos treinta años. Allí se dedicó a la enseñanza y tuvo contacto con el  estadista Pericles y el dramaturgo Eurípides, entre otros. 

Hacia los treinta años, Pericles inició su carrera política dentro del partido democrático de Efialtes y, cuando éste fue asesinado (461 a.C.), asumió su dirección e hizo aprobar por la Asamblea de Atenas una serie de reformas que acentuaban el carácter democrático del Estado ateniense.

La información sobre las inclinaciones intelectuales de Pericles es bastante escasa y las fuentes contemporáneas dudan con frecuencia en calificarle de intelectual[1]. Por lo tanto, no es fácil determinar cuál fue exactamente su relación con los movimientos intelectuales y artísticos de su tiempo, especialmente con la sofística, quiénes fueron los intelectuales más próximos a él y cuál fue su trato con ellos.

Plutarco es quizás demasiado posterior a Pericles, para poder darle mucha credibilidad a lo que cuenta sobre su más  o menos estrecha relación
 con el sofista Protágoras. De lo que no hay duda es de que Pericles era un buen orador, y en tanto que los sofistas enseñan oratoria, es precisamente este tipo de apoyo el que no le hacía falta. Pericles llevaba más de veinte años haciendo buenos discursos antes de que los sofistas llegaran a Atenas hacia el 440 a. C.

Tampoco puede deducirse de las informaciones disponibles que Pericles tuviera un círculo de intelectuales del que formarían parte Sofocles o Fidias.

Sin embargo, sobre la base de las noticias que nos dan Platón e Isócrates, podemos admitir  la idea de que Pericles había sido influenciado de algún modo por Anaxágoras, probablemente las expresiones grandilocuentes sacadas de teorías cosmológicas que utilizaba Pericles estuvieran inspiradas por éste. 

Anaxágoras no es un sofista al estilo de Protágoras sino un filósofo interesado por lo principios que gobiernan el cosmos, pero Pericles no está tan interesado en esos principios como en utilizarlos dentro de una oratoria política convincente.

No hay indicios de cuándo se produjeron esos contactos, y el modo irónico en que Platón describe la influencia anaxagórica sobre Pericles fue el germen de una tradición (posterior) sobre las relaciones del sabio (en general) con el gobernante, en la que Pericles sería el modelo de protector de filósofos en apuros. 

El apuro de Anaxágoras se debe a sus posiciones con respecto de los dioses de la ciudad: la religión pública estatal; unido esto, y no es un detalle menor, a la sospecha de la vinculación con los persas. Incluso es posible que llegara a participar en las guerras médicas del lado de los persas. Lo cual es compatible con la fecha más probable del nacimiento de Anaxágoras que puede fijarse en el año 500 ane.

Todo Eso es lo que acaba en un juicio por impiedad quizás en el año 432 ane. Incluso es probable que  este fuera el segundo juicio y puede que hubiera habido otro anterior. En el primero habrían pesado más sus vinculaciones pro-persas y en el segundo su astronomía naturalista que negaba la divinidad del sol y la luna. 

Hasta dónde alcanza la defensa que hace Pericles de  Anaxágoras no está claro. Por un lado, Pericles había seguido una política de construcción de edificios en última instancia religiosos. Lo cual significa que está comprometido con la piedad de la ciudad, algo que podría permitirle la defensa de Anaxágoras sin exponerse demasiado él mismo. Por otro lado, la ironía de Platón con respecto de la defensa de Pericles puede referirse a que no puede fiarse uno mucho de cómo te defiende un político demagogo, que es como Platón le ve en definitiva: un político que basa su éxito en la oratoria, pero como toma decisiones nefastas para Atenas. Es posible que Pericles en las circunstancia ya próximas a la guerra con Esparta no estuviera en posición de exponerse tanto, volviéndose vulnerable frene a los ataques de sus enemigos en la asamblea. 

(La actitud de Platón en la cuestión de la relación entre filósofos y gobernantes está el núcleo de su pensamiento, y no tienen poco que ver en ello sus peripecias personales en Siracusa). 

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En cualquier caso, los datos biográficos sobre Anaxágoras son problemáticos, puesto que algunas referencias de sus biógrafos antiguos son contradictorias. Afortunadamente, los especialistas han desgranado estos datos para obtener una trayectoria verosimil:


NOTAS PARA UNA BIOGRAFIA DE ANAXAGORAS 

ANGEL J. CAPPELLETTI

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Una respuesta a la pregunta por lo que aporta Anaxágoras al saber filosófico de Atenas, puede ser la que da Cappelletti:

"Al llegar a Atenas, no era Anaxágoras sino un joven físico, secuaz de Anaxímenes. Su pensamiento fue madurando y desarrollándose allí, al contacto con hombres y libros, que empezaban a llegar ya desde todas las regiones del mundo helénico. Allí conoció el pitagorismo (si no sabía ya algo de él por Hermótimo), allí leyó a Parménides y meditó los poemas de Empédocles. Allí escuchó a Protágoras y otros sofistas y presenció la representación de los grandes trágicos. Allí discutió, tal vez, intra scholam, con Diógenes de Apolonia.
 

Su influencia llegó, a través de Arquelao, hasta Sócrates. Pero fuera de la clase de los filósofos profesionales fue donde logró una más amplia y más ilustre audiencia. La tradición cuenta entre sus discípulos a Pericles y Eurípides"

Sobre esta base, lo que puede concluirse entonces, visto en retrospectiva, es que Anaxágoras aporta a Atenas la rama milesia (Tales, Anaximandro, Anximenes), de la filosofía presocrática. En tanto que Platón se desvincula de esta rama para acercarse a la rama itálica pitagórica, tiende a quitar valor a su influencia (dice de Sócrates que no conoció directamente a Anaxágoras). En tanto, sin embargo, que Aristóteles, al componer un platonismo crítico, recurre a elementos de la filosofía jónica, de la que los milesios forman parte, devuelve a Anaxágoras un papel más destacado. 


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Anaxágoras tiene que irse de Atenas (un precedente para lo que sucederá treinta años más tarde con Sócrates) y acaba sus días en Lampsaco. Aristóteles dirá que allí se le recuerda con el honor que merece. 


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LOS SOFISTAS EN LA ATENAS DE PERICLES

 

Atenas, siglo V ANE.  Una multitud de grandes nombres y obras deslumbrantes: «el siglo de Pericles». Después de su papel en las guerras médicas, Atenas es la ciudad más poderosa de Grecia.  Su marina le asegura el dominio del mar y está a la cabeza de un verdadero imperio marítimo. 

 

En el último tercio del siglo la guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta. Durante la guerra, una guerra larga, Sófocles y Eurípides escribieron sus tragedias y Aristófanes produjo sus comedias. 

 

Sócrates frecuentaba las calles de la ciudad, discutiendo con jóvenes aristócratas y descubriéndoles ideas nuevas que hoy conocemos por dos de sus discípulos: Platón y Jenofonte. 

 

Toda esta actividad intelectual se prolongó hasta el final del siglo. La derrota ateniense puso fin a la guerra en el año 404. Por entonces hacía veinticinco años que Pericles había muerto y, poco después, morirían Sófocles y Eurípides.

 

Sócrates sería condenado a muerte en el año 399 y Tucídides, el autor de una historia audazmante lúcida de la guerra del Peloponeso, desaparecería alrededor de esa misma fecha.

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Los grandes sofistas en la Atenas de Pericles 

JACQUELINE DE ROMILLY de la Academia Francesa

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Este siglo y este contexto es también el de los sofistas, de lo que tenemos muy pocos textos, apenas una veintena de folios, y cuya referencia principal es Platón, que los presenta siempre para ser refutados por Sócrates.

 

Aun en la visión transmitida por Platón queda claro que los sofistas fueron grandes maestros, la pregunta es si fueron malos maestros. 

Dice Romilly:

"...se les ha acusado de todo: de haber deteriorado la moral,

de haber rechazado todas las verdades, de haber sembrado

la mala fe, de haber soliviantado las ambiciones, de haber

perdido a Atenas. Platón tuvo su papel en este movimiento

de protesta; pero no fue el único. Y el resultado fue que este

bello título que habían adquirido al llamarse «sofistas», es

decir, especialistas en sabiduría, se convirtió en seguida, y

así ha continuado hasta nuestro tiempo, en sinónimo de

hombres retorcidos. ¿Por qué? ".


Distinguimos para empezar tres perfiles distintos: el sabio, el filósofo y el sofista.

Ser sabio sugiere un estado en el que se está respecto del saber. El filosofo se presenta más bien como un aspiración paciente que requiere de un recorrido por un camino largo. El sofista, sin embargo, es un profesional.

Un listado de los grandes sofistas puede ser el siguiente:

Protágoras, que venía de Ábdera, en el Norte, lindando con Tracia; Gorgias, que venía de Sicilia; Pródico, que procedía de la pequeña isla de Keos; Hipias, que venía de Elis, en el Peloponeso; Trasímaco, que procedía de Calcedonia, en Asia Menor.

El sofista es un profesional de éxito, que cobra por enseñar, en algunos casos, sumas importantes.

¿Qué enseñan? Hablar en público o defender sus ideas con argumentos ante la asamblea o ante un tribunal. Habilidades fundamentales en una ciudad en la que las decisiones importantes se toman en la asamblea.

Ninguno de los grandes sofistas es originario de Atenas, pero todos ellos confluyen en Atenas. Eso significa que el impulso de las nuevas ideas está por todo el territorio griego, pero el catalizador de su éxito es la Atenas de Pericles.

Las razones de la convergencia intelectual en Atenas son varias: primero el poder, obtenido tras la victoria en las guerras médicas. En este caso, poder va unido a riqueza, y la riqueza se traduce en lujo y belleza, que son en definitiva un polo de atracción. Por otra  parte, Atenas encarna la libertad política, sobre todo después de las reformas del 460, cuando Pericles accede al poder. En realidad, la victoria en la guerra y las reformas democráticas tienen un denominador común: la flota, formada por marineros del pueblo, que se sienten  y son protagonistas de la hegemonía de Atenas.

 

(Los remeros de la flota no parecen tener un protagonismo en el arranque de la democracia en tiempos de Clístenes, pero sí en su consolidación, después de que Temístocles la ponga en el centro de la estrategia durante la guerra contra los persas). 
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Añade Romilly:

"Atenas era una democracia directa: todos podían esperar,
si sabían expresarse, hacerse un nombre y adquirir
influencia. Quienquiera que tuviese la posibilidad de ser
escuchado debía cultivar sus talentos a toda costa: de este
modo podría intervenir en la asamblea o defender una causa
ante un tribunal. En cuanto a los demás, se entrenaban
para comprender, criticar, apreciar: ya que al final podrían
votar, también ellos, sobre las cuestiones de política o sobre
as causas jurídicas. Saber debatir o juzgar era esencial
para el ciudadano de una urbe semejante. Y aún lo era más
para los jóvenes dotados, capaces de tomar parte en las
luchas políticas".

Para cultivar esos talentos, para saber debatir o juzgar, es para lo que era sumamente útil el profesor sofista.

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Lo que enseñan los sofistas es sin duda una novedad, puesto que no había en Atenas nada parecido a una enseñanza superior, universitaria. A los niños se les enseñaba educación física, música y gramática; y con eso ya estaba todo lo necesario. 

Que la enseñanza continúe más allá de la niñez es nuevo, pero es todavía más novedoso, revolucionario, el para qué de la esa educación. Les resulta a  muchos desconcertante que en vez de la gimnasia que prepara la guerra, se eduque en habilidades intelectuales que preparan para la política: ¡¿argumentar con la palabra en vez de usar el argumento de la fuerza?¡
Resultado de imagen de palestra griega
Hay ahí, sin duda, una tensión entre lo nuevo y lo tradicional. Aristófanes se burlará de los nuevos jóvenes intelectuales, de cara pálida; y Eurípides hará lo mismo con los deportistas de lengua corta. 


Pero hay algo mucho más profundo en la novedad de la propuesta de los sofistas.  La verdadera revolución de los sofistas es
precisamente haber alzado la enseñanza frente a la naturaleza
y contra ella, y haber considerado que el mérito se

aprendía con su contacto. Es una carga de profundidad lanzada contra la aristocracia de sangre, que hereda sus virtudes por nacimiento, por lo cual el aristócrata es grande por su naturaleza. 

El diálogo de Platón el Menón, versa de
principio a fin sobre el mismo problema; las primeras palabras
son: «¿Podrías decirme, Sócrates, si la virtud se
adquiere por medio de la enseñanza, o por el ejercicio, o si
no resulta ni de la enseñanza ni del ejercicio, sino que viene
dada al hombre por la naturaleza, o por alguna otra causa?". 

Sócrates cree con los sofistas que la virtud puede aprenderse. La diferencia es matizada: no con la celeridad que pretenden los sofistas ni con el fin que persiguen: el éxito, sino para el servicio de lo justo. Qué es lo justo, ese es otro problema. 

Más aun, esta controversia trasciende los límites de Atenas. Durante la guerra del Peloponeso, entre Atenas y Esparta, Tucídides presenta la guerra dominada por la oposición entre dos normas de excelencia y dos formas de valor: los atenienses representan el valor lúcido, nacido de la experiencia y de una técnica razonada; el de los lacedemonios se basa en la valentía innata y en la tradición: el valor de lo nuevo contra el valor de lo de siempre. No es extraño que el punto más alto de la sofistica se produzca durante la guerra, alrededor del año  424. Y que perdida la guerra se cuestione todo lo que pudo hacer que se perdiera.  


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Si lo anterior trata del para qué: enseñar para el éxito superando las carencias naturales si la hubiera; falta ahora decir el qué. 

El qué de la retórica. 

La retórica de los sofistas Suministraba
marcos, ejemplos de argumentos, tipos de razonamientos,
lugares comunes; ofrecía modelos y esquemas. 

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Los sofistas más grandes: Gorgias y Protágoras. 

Gorgias dejará un marca en los estilos de la retórica (las «figuras a lo Gorgias».
Intentó recalcar efectos como  la antítesis mediante toda clase
de procedimientos: las asonancias finales, o rimas, la igualdad
del número de silabas, el empleo de términos paralelos,
ya sea en su formación, ya en su sonoridad, ya en su
valor métrico... Una prosa tan trabajada da, tanto como la
poesía, la impresión de que ni una sílaba se ha dejado al
azar.

"« con su muerte, el pesar que inspiran no
está muerto: inmortal, sobrevive en seres no inmortales,

mientras ellos no sobreviven".

La magia de la palabra para jugar con las pasiones. Para alentarlas o para calmarlas.

Esto ya presagia bastantes características alarmantes.
Las pasiones son peligrosas, y este juego con las opiniones

supone un desprecio de lo verdadero y lo justo (y el más alarmado es Sócrates). 

Protágoras sentará las bases dialécticas de toda argumentación.

Pero más importante, se ocupa del tema de la verdad.

Es autor de un tratado titulado La verdad. En el principio de este tratado declara: 

«El hombre es la
medida de todas las cosas: para las que son, medida de su
ser; para las que no son, medida de su no ser»: no hay verdad
fuera de la sensación y de la opinión, nuestras
apreciaciones son subjetivas y relativas; sólo valen para
nosotros. 

Declaraciones revolucionarias: después de siglos religiosos, después de las filosofías del cosmos, inauguraban un relativismo total que no dejaba subsistir nada trascendente o asegurado.

¿Pero hasta qué punto este relativismo deja las cosas en suspenso?

En las piezas oratorias del teatro, o en la investigación histórica de Tucidides, 

"los pares de discursos, los «lógoi
opuestos», y el arte de fortalecer el argumento débil, es
decir, los dos elementos del programa de Protágoras, se
convierten en un medio de investigación y evaluación que
permite delimitar de la manera más objetiva posible una
verdad de elementos complejos que a partir de entonces se
tornan inteligibles". 

En cierto modo, el programa de Protágoras y la mayéutica dialógica de Sócrates no están finalmente tan alejadas. 

La diferencia puede estar en que en el programa de Protágoras permite, o a veces exige, si así conviene, tomar partido desde el principio y defender lo que el llama el argumento más débil. En el caso de Sócrates no hay en principio un prejuicio y se está a lo que resulte de la argumentación que suele no ser finalmente concluyente.

Es esta falta de conclusión, la falta del cierre de la definición, cuyos límites quedan finalmente borrosos, de lo que se ocupará Platón prácticamente durante toda su vida, buscando una objetividad inatacable en un elemento objetivo externo, separado, no subjetivo: las ideas. 

 


[1] PERICLES Y LOS INTELECTUALES. Philip A. Stadter. University of North Caroli

FOUCAULT Y EL ISLAMISMO

La  fascinación y el apoyo coyuntural de Michel Foucault al movimiento revolucionario iraní entre 1978 y 1979 responde al cruce de claves fi...