viernes, 10 de julio de 2026

GUIA DE LECTURA DE LOS LIBROS SAPIENCIALES. Teología de la retribución, crisis y reproposición.

La lectura de la biblia requiere de un cierto conocimiento, sin el cual es muy difícil de alcanzar el sentido, ni siquiera de un modo superficial de lo que está contenido el texto. No se trata ya de entrar en la hermenéutica o exégesis compleja del texto, lo cual es una tarea que nunca termina. 

Se trata al menos de tener los mimbres básicos con los que construirse un armazón contextual suficiente para no perderse del todo.

En lo libros sapienciales este armazón es especialmente interesante. Estos libros tratan sobre la experiencia humana, la ética y las grandes preguntas existenciales.

Podemos articular esta temática en tres fases. 

La primera fase es la que se corresponde con la tradición sapiencial deuteronomista que expones la teología de la retribución. Responde a la pregunta de cómo me he de comportar, cómo de ordenar mi existencia para obtener una retribución en esta vida que se corresponde con ese comportamiento correcto. Los libros que expone el problema desde esta posición so Proverbios y Salmos.

En la segunda fase se pone en crisis la teología de la retribución. Esta crisis se refleja en los libros de JOB Y Qohelet.

la tercera fase es de reproposición, y sólo aparece en la biblia católica, lo cual no es un detalle menor, y se se expone en Sabiduría y Eclesiástico. 

Por qué se declaran apócrifos estos dos libros en la Reforma.

El pilar de la Reforma era la doctrina de la Sola Scriptura (solo la Escritura es la base de la fe) y la justificación por la fe (Sola Fide). Al analizar los libros de la Septuaginta que no estaban en el canon hebreo, los reformadores encontraron pasajes que chocaban frontalmente con su nueva teología o que apoyaban doctrinas de la Iglesia Católica que ellos rechazaban.

El mérito de las obras frente a la gracia: En Eclesiástico 3:30 se lee: "El agua apaga el fuego ardiente, y la limosna perdona los pecados". Para los reformadores, esta idea de que las obras o las limosnas humanas podían expiar el pecado contradecía directamente la tesis de que solo la fe en el sacrificio de Cristo salva al hombre.

La intercesión de los santos: En Eclesiástico 48:1-11 (al hablar de Elías) o en pasajes de otros libros apócrifos como Macabeos, se daba pie a la oración por los muertos o a la intercesión de los que ya habían fallecido, algo que la teología protestante descartó por completo al considerar a Cristo como único mediador.

cirtament e Lutero no quemó o eliminó por completo estos libros. En su traducción de la Biblia al alemán (1534), Lutero no los borró, sino que los agrupó en una sección separada al final del Antiguo Testamento bajo el título de "Apócrifos".

En el prólogo de esa sección, Lutero dejó escrita una famosa definición que resume la postura de la Reforma temprana:

"Estos son libros que no se consideran iguales a las Sagradas Escrituras, pero que reflejan una lectura útil y buena".

Lutero valoraba mucho el contenido moral de Eclesiástico y la belleza poética de Sabiduría, pero determinó que ninguna doctrina o dogma de fe podía fundamentarse exclusivamente en ellos. Con el paso del tiempo y el avance de las iglesias protestantes (especialmente las de tradición reformada/calvinista y las sociedades bíblicas del siglo XIX), estos libros se dejaron de imprimir por completo en las biblias protestantes para evitar confusiones.

La Iglesia Católica, en respuesta directa a la Reforma, blindó la inclusión de estos libros de forma dogmática e irreversible en el Concilio de Trento (1546), declarando anatema (excomulgado) a cualquiera que no los aceptara como sagrados y canónicos en su totalidad.



 



lunes, 6 de julio de 2026

HERMÉTICOS, NEOPITAGÓRICOS, NEOPLATÓNICOS, GNÓSTICOS Y EL LIBRO DE LA SABIDURÍA

El pensamiento hermético, vinculado con Hermes Trimegisto, y el gnosticismo se nos presentan a menudo como conocimientos atemporales, o quizás tan ancestrales que podrían ser conocimientos que están más allá de todo encuadre, y que, son más verdaderos que aquellos otros que identificamos con corrientes y autores plenamente conocidos o ubicados en el tiempo.

Sin embargo, tanto el hermetismo como el gnosticismo tiene su tiempo y su lugar, así como los tienen desde luego los neopitagóricos y neoplatónicos en los manuales de filosofía. 

La línea que une a los herméticos, neopitagóricos, gnósticos y neoplatónicos es el eclecticismo místico de la Alejandría romana y, fundamentalmente, la doctrina de la salvación a través del conocimiento y la escala cósmica.

Existe un entramado que los conecta:

1. El núcleo común: La Gnosis y la Divinización del Alma. Para las cuatro corrientes, el fin último del ser humano no es la mera virtud moral, sino la deificación (theosis) o el retorno del alma a la Fuente Divina.Tanto para los herméticos como para los gnósticos, este proceso se logra mediante un despertar o conocimiento revelado (gnosis). Para los neoplatónicos y neopitagóricos, se llega a través de la contemplación filosófica, la purificación y la teúrgia (rituales divinos).

2. La estructura del Cosmos: El Viaje del Alma, Todos comparten una cosmología casi idéntica: el universo está jerarquizado en esferas celestes (las órbitas de los planetas).El descenso y ascenso: Coinciden en que el alma humana procede del plano inteligible o divino, cae a través de las esferas planetarias (donde se "contamina" o adquiere las pasiones materiales) y queda atrapada en el cuerpo. La liberación: Para regresar al Origen (El Uno neoplatónico, el Dios Inefable gnóstico o el Nous hermético), el alma debe realizar el viaje de vuelta, despojándose de esas capas astrológicas. El Poimandres (el texto hermético más famoso) describe este viaje de ascenso de forma idéntica a como lo hacían los gnósticos y los neoplatónicos tardíos.

3. Las influencias cruzadas. Estas corrientes no funcionaban en compartimentos estancos; se alimentaban entre sí constantemente: : Los neopitagóricos aportaron la idea de la armonía cósmica, el ascetismo y el misticismo de los números. Plotino (fundador del neoplatonismo) estuvo profundamente influenciado por el neopitagórico Numenio de Apamea.  Los neoplatónicos tardíos como Jámblico o Proclo adoptaron los textos herméticos y las prácticas teúrgicas egipcias, justificando filosóficamente la magia ritual que los herméticos practicaban para sintonizar con las fuerzas del cosmos.Hermetismo $\leftrightarrow$ Gnosticismo: Son movimientos "primos hermanos". La diferencia principal es que los gnósticos solían ver el mundo material como algo intrínsecamente malo o demoníaco (creado por un Demiurgo ignorante), mientras que los herméticos tenían una visión más optimista: el cosmos es bello y es el "segundo Dios", aunque siga siendo una cárcel temporal para el alma humana.El puente definitivo: El concepto del Logos y las Correspondencias. El eslabón perdido que los unifica a todos es el principio hermético de correspondencia: "Como arriba es abajo; como abajo es arriba". Los cuatro grupos creían que el universo es un organismo vivo interconectado por lazos de simpatía cósmica. La filosofía (Neoplatonismo/Neopitagorismo) y la revelación mística (Hermetismo/Gnosticismo) eran simplemente dos caras de la misma moneda: el esfuerzo humano por descifrar la mente divina y volver a fundirse con ella.

Tenemos pues un espacio concreto y un tiempo bastante acotado.

El neopitagorismo se desarrolla en el siglo I con Apolonio y en el siglo II con Numenio.

El gnosticismo tiene su momento álgido en el siglo II. 

El neoplatonismo de PLotino es del siglo III.

El hermetismo se desarrolla entre los siglo I y III.

El espacio geopolítico es el del Imperio romano. La ciudad focal es sin duda Alejandría.

El quinto elemento. El libro de la Sabiduría bíblico

El Libro de la Sabiduría (atribuido tradicionalmente a Salomón, pero escrito en realidad en Alejandría en el siglo I a.C.) es el puente teológico y cultural entre el judaísmo bíblico y el pensamiento helenístico que dio origen a las cuatro corrientes que mencionamos (herméticos, neopitagóricos, gnósticos y neoplatónicos).

El autor del libro era un judío profundamente helenizado que dominaba la filosofía griega de su época. Para defender su fe frente al paganismo de Alejandría, decidió traducir la teología judía al lenguaje de la filosofía platónica y estoica.

El Libro de la Sabiduría encaja en este esquema a través de tres nodos fundamentales:


1. La Sabiduría (Sophia) como Emanación (Anticipación Neoplatónica)

En el Libro de la Sabiduría (especialmente en el capítulo 7), la Sabiduría divina ya no es solo un atributo de Dios, sino una entidad casi independiente, una fuerza cósmica que actúa como intermediaria entre el Dios inefable y el mundo material. El texto la describe con términos que parecen sacados directamente del platonismo:

Dice que es un "hálito del poder de Dios", una "emanación pura de la gloria del Omnipotente" y un "espejo sin mancha".


Esta idea de una fuerza pura que emana de la Fuente Divina y ordena el cosmos anticipa directamente la teoría de la emanación del Neoplatonismo (donde la Realidad brota del Uno a través del Nous y el Alma del Mundo).
2. El cuerpo como prisión del alma (Antropología Platónica y Hermética)

El pensamiento hebreo tradicional no dividía al ser humano en cuerpo y alma; para ellos, el ser humano era una unidad vital. Sin embargo, en Sabiduría 9:15 encontramos una afirmación radicalmente griega y platónica:


"Porque el cuerpo corruptible es un peso para el alma, y esta tienda de tierra abate el espíritu lleno de preocupaciones."

Esta idea de que el cuerpo físico es una carga, una limitación o una "tienda/prisión" para el espíritu es el núcleo antropológico que comparten los herméticos, los neoplatónicos y, de forma más extrema, los gnósticos (para quienes el cuerpo es la cárcel material de la chispa divina).
3. La inmortalidad y la iluminación a través del Conocimiento

En el Antiguo Testamento temprano, la noción de la vida después de la muerte era muy difusa (el Sheol, un lugar de sombras). El Libro de la Sabiduría es uno de los primeros textos bíblicos que introduce de forma clara la inmortalidad del alma y lo hace vinculándolo al conocimiento:

El libro afirma que conocer a Dios y su justicia es la raíz de la inmortalidad.


El camino para alcanzar esa inmortalidad es la búsqueda amorosa de la Sabiduría, que se revela a quienes la buscan con pureza. Esta idea de que la salvación/inmortalidad está ligada a un despertar intelectual y espiritual que trasciende el mundo material es el germen de la Gnosis gnóstica y de la iluminación hermética.
La paradoja del Demiurgo: El punto de ruptura

Aunque el Libro de la Sabiduría preparó el terreno conceptual para estas corrientes, hay un punto donde choca frontalmente con el Gnosticismo: Para el Libro de la Sabiduría, el mundo material es intrínsecamente bueno y bello porque fue creado por el Dios verdadero a través de su Sabiduría ("Porque tú amas todo lo que existe y no aborreces nada de lo que has hecho"). Los gnósticos tomaron esta misma estructura (un Dios supremo, una entidad mediadora como Sophia), pero le dieron la vuelta, argumentando que Sophia cometió un error y que el creador del mundo material (el Demiurgo) era un ser ignorante o malvado.

En resumen, el Libro de la Sabiduría es el caldo de cultivo alejandrino: toma las intuiciones de la revelación judía, las viste con el ropaje de la filosofía platónica y proporciona el vocabulario y los conceptos (Emanación, Alma prisionera, Sophia como mediadora) que los herméticos, gnósticos y neoplatónicos desarrollarán y radicalizarán en los siglos siguientes




LUTERO, SÓCRATES Y NIETZSCHE.

Martín Lutero proclama la Sola Fide (la salvación por la sola fe).  Y comienza ahí un desmantelamiento radical de la estructura teológica medieval. Las otras dos virtudes teologales, la esperanza y la caridad, no desaparecen, pero son expulsadas del proceso de la justificación ( proceso mediante el cual Dios declara justo y absuelve de toda culpa al pecador). 

Para Lutero, la esperanza y la caridad ya no son aliadas de la fe para abrir las puertas del cielo, sino que pasan a ser consecuencias directas y subordinadas de ella. 

En la teología católica (que luego ratificaría Trento), la fe por sí sola no justifica si no está unida a la caridad (el amor):  la caridad es lo que le da vida y hace valiosa la fe.

Lutero consideraba que esto era una aberración que introducía las obras humanas por la puerta trasera. Para él, mezclar la caridad con la justificación significaba que el hombre se salvaba, en parte, gracias a sus propias fuerzas,

La caridad (está pensando básicamente en el pago de indulgencias) no nos justifica. Solo la fe justifica, porque la fe es la mano vacía del pecador que se limita a recibir y aferrarse a los méritos de Cristo. (No se va con las manos llenas del pago hecho al comprar indulgencias).

Una vez que el hombre ha sido justificado por la fe, la caridad nace de forma automática e inevitable. Lutero decía que es imposible separar la fe de las obras de caridad, de la misma manera que es imposible separar el fuego del calor y de la luz. El creyente, al saberse ya salvado gratuitamente, desborda caridad hacia el prójimo, no para escalar al cielo, sino por pura gratitud.

En el catolicismo clásico, la esperanza es la tensión hacia un bien futuro que es posible, pero que aún no se posee con seguridad absoluta, ya que el ser humano, debido a su libre albedrío, siempre puede pecar, rechazar la gracia y condenarse. Lutero  consideraba, sin embargo, que vivir en la incertidumbre sumía al cristiano en una angustia agónica (la misma que él sufrió  en la experiencia de la torre). Al formular la Sola Fide, la esperanza sufre una mutación . Se funde estrechamente con la fe para convertirse en una certeza absoluta y una confianza inconmovible en las promesas de Dios.

Para la teología reformada, el orden de las virtudes de San Pablo ("Ahora permanecen la fe
, la esperanza y la caridad; pero la mayor de ellas es la caridad"
, 1 Corintios 13) se lee con una distinción cronológica y funcional muy estricta: la Fe mira al presente y se apropia de la promesa del perdón de Cristo aquí y ahora (nos justifica). La Esperanza mira al futuro y descansa con seguridad en que Dios completará esa obra en la eternidad. La Caridad mira hacia abajo y hacia los lados (al prójimo) en la tierra, gastándose en buenas obras como un resultado natural de las dos primeras.

Que la caridad sea consecuencia necesaria de la fe nos recuerda la posición de Sócrates con respecto a la relación entre saber y virtud.

En efecto, la Sola Fide de Lutero opera en el orden de la salvación de una manera asombrosamente idéntica a cómo el saber (la episteme) opera en la ética de Sócrates. Ambas posturas comparten un principio filosófico de fondo: el determinismo intelectual o moral. Si el principio motor (el saber o la fe) está verdaderamente presente, la acción recta se sigue de forma automática, necesaria e inevitable.

Para Sócrates el mal no es el resultado de una debilidad de la voluntad, sino del atropello de la ignorancia. Es lo que la filosofía llama intelectualismo moral.

Nadie hace el mal a sabiendas ni queriendo el mal para sí mismo. Si una persona sabe realmente qué es lo bueno, es imposible que elija lo malo. El conocimiento del bien es tan poderoso que  arrastra la voluntad de inmediato hacia la acción virtuosa. Quien sabe el bien, hace el bien.

Lutero traslada exactamente esta misma estructura del plano de la razón griega al plano de la gracia de la Reforma. Para él, las obras de caridad no se buscan de forma separada a la fe, porque la fe verdadera no es una mera creencia intelectual pasiva, sino una transformación del entendimiento y el corazón. Si un ser humano tiene una fe viva  es metafísicamente imposible que no produzca obras de caridad. La fe viva subyuga y recrea la voluntad. No necesitas obligar al cristiano a amar a su prójimo, de la misma manera que no necesitas obligar a un árbol sano a dar manzanas; las da porque no puede hacer otra cosa. El pecado o la falta de caridad en un protestante, por lo tanto, no es un fallo de su "fuerza de voluntad", sino un síntoma inequívoco de una falta o debilidad de fe (el equivalente luterano a la ignorancia socrática).

Tanto Sócrates como Lutero eliminan de sus sistemas la acrasia: actuar en contra de lo que uno sabe que es correcto debido a la debilidad de la voluntad. Sin embargo, para el catolicismo  un cristiano puede tener una fe perfecta y ortodoxa, pero debido a la concupiscencia y a un libre albedrío debilitado, puede elegir libremente pecar y no tener caridad (una fe "muerta" o sin obras). La fe y la voluntad van por carriles que pueden bifurcarse. 

Pero para  Sócrates y Lutero  esa bifurcación es una ilusión. Si dices que "sabes lo que es justo pero haces lo injusto" (Sócrates), en realidad no lo sabías, solo tenías una opinión superficial. Si dices que "tienes fe pero no tienes obras de caridad" (Lutero), en realidad no tienes fe, tienes una máscara hipócrita.El saber socrático y la fe luterana no son herramientas que el hombre "usa" si le apetece; son fuerzas transformadoras que, una vez instaladas en el sujeto, dictan de manera inevitable su conducta en el mundo.

 Pero cómo casa esto con el pesimismo antropológico luterano del hombre caído?

Aquí es donde se revela la verdadera costura del sistema de Lutero y donde la analogía con Sócrates alcanza su máxima profundidad filosófica. A primera vista, parece una contradicción insoluble: ¿cómo puedes tener una confianza tan absoluta en el poder de la fe para generar obras automáticamente si, al mismo tiempo, defiendes que el ser humano está completamente corrompido, esclavizado y es un "estiércol" incapaz de hacer el bien?

La respuesta  para Lutero consiste en decir que la fe no es una facultad humana. La fe no es algo que el hombre caído produzca, elija o desarrolle desde su libertad.

Si el saber en Sócrates es una conquista de la razón humana a través del diálogo, la fe en Lutero es un injerto divino que sustituye al sujeto caído.

El encaje de estas dos piezas se explica a través de tres claves teológicas:

 El hombre actúa en esto como un sujeto pasivo (El "caballo" de Lutero). En De servo arbitrio (Sobre la voluntad esclava, 1525), Lutero utiliza una analogía muy cruda para explicar el pesimismo antropológico. Dice que la voluntad humana es como un animal de carga: "Si Dios cabalga sobre ella, quiere y va a donde Dios quiere [...]. Si Satán cabalga sobre ella, quiere y va a donde Satán quiere. Y no está en su elección correr hacia uno u otro jinete o buscarlo, sino que los jinetes mismos disputan para obtenerla y poseerla". El hombre caído está permanentemente montado por Satán; su razón está ciega y su voluntad solo puede querer el pecado. Por lo tanto, el hombre no puede "llegar a tener fe" por un acto de lucidez. La fe es un acto de violencia soberana de Dios: Dios descabalga a Satán, toma las riendas del sujeto e infunde la fe de manera unilateral.

 La fe es la presencia viva de Cristo en el hombre. Cuando Lutero dice que la fe actúa automáticamente produciendo obras, no está diciendo que la mente del hombre se haya vuelto buena. Lo que está diciendo es que Cristo mismo está operando a través de la fe. La fe es el canal por el cual se produce un "admirable intercambio" (admirabile commercium): Cristo toma los pecados del hombre y el hombre recibe la justicia de Cristo. Por lo tanto, cuando el hombre justificado hace una obra de caridad, no es el hombre caído quien la hace; es el Cristo que habita en él por la fe. El optimismo moral de las obras no pertenece al ser humano, pertenece al "jinete" divino que ha tomado el control del sujeto.

 La paradoja del Simul iustus et peccator es la fórmula definitiva de Lutero: el cristiano es simultáneamente justo y pecador. Si miras al hombre en su naturaleza caída (lo que él es por sí mismo), sigue siendo un corrupto, un egoísta y un esclavo del pecado. El pesimismo antropológico se mantiene intacto al 100% hasta el día de su muerte.

Si miras al hombre en su justificación (lo que Dios ve a través de la fe), está completamente cubierto por la nieve pura de la justicia de Cristo.

¿Cómo se conecta esto con el intelectualismo moral? 

El hombre caído nunca "aprende" a hacer el bien (remedio socrático). El bien ocurre únicamente porque la fe actúa como un cortocircuito: anula la voluntad corrupta del hombre y permite que la gracia divina actúe de manera horizontal hacia el prójimo.

La fe encaja con el pesimismo antropológico porque la fe es la negación del hombre y la afirmación de Dios. Las obras de caridad brotan de forma inevitable no porque el hombre haya sido sanado o mejorado, sino porque ha sido sustituido operativamente por Cristo en el acto de la fe.

Llegados a este punto, y de acuerdo con lo anterior, el cristianismo luterano será peor visto por Nietzsche que el catolicismo, en cuanto que el empoderamiento del hombre es menor.

Ciertamente, para Nietzsche, el luteranismo no fue un avance ni una liberación, sino una recaída trágica en lo peor del espíritu judeocristiano. En su obra tardía, especialmente en El Anticristo (1888), Nietzsche despliega un desprecio feroz hacia Martín Lutero, precisamente  porque el protestantismo radicalizó el pesimismo antropológico, destruyó la soberanía del mérito y anuló cualquier intento de autoafirmación y empoderamiento humano, subordinándolo por completo a una gracia exterior y tiránica.

Nietzsche prefiere el catolicismo (especialmente el de ciertas épocas) frente al luteranismo por varias razones fundamentales que encajan con tu planteamiento:

1. Lutero está contra el Renacimiento


Para Nietzsche, el Renacimiento italiano representaba el momento cumbre en que la humanidad europea estuvo a punto de emanciparse de la "moral de esclavos" del cristianismo. Los papas del Renacimiento (como Julio II o León X) ya no creían realmente en el dogma; utilizaban la Iglesia como un instrumento de poder, belleza, arte, refinamiento y desprecio por las masas. El hombre se estaba empoderando a través de la voluntad de poder y la estética.

Y entonces llegó Lutero. Nietzsche describe a Lutero como un monje bárbaro, resentido, grosero y pueblerino que, al ir a Roma, se escandalizó del glorioso triunfo de la vida sobre el dogma.

Al protestar, Lutero restauró el cristianismo decadente que ya estaba muriendo:

"Lutero vio la corrupción del papado cuando precisamente se tenía ante los ojos lo contrario: el papado ya no estaba sentado en la silla del pecado, de la decadencia, de la muerte, ¡sino en la vida! [...] ¡Lutero restauró la Iglesia!" (El Anticristo, §61).
2. El odio luterano a la razón y al mérito (El grado cero del empoderamiento)

Nietzsche odiaba en Lutero lo mismo que el Concilio de Trento combatió, pero por razones opuestas. A Nietzsche le horrorizaba que Lutero llamara a la razón "la mayor puta del diablo" y que redujera al ser humano a un agente puramente pasivo, un animal de carga sin libre albedrío.

El catolicismo mantenía una puerta abierta al orgullo humano: la doctrina del mérito y de las obras. En el catolicismo, el hombre puede ganar, acumular y negociar su estatus mediante sus acciones (las indulgencias, la ascesis, el esfuerzo moral). Para Nietzsche, esto conserva un rastro de "voluntad de poder" y de responsabilidad aristocrática.

El luteranismo, con la Sola Fide y el Simul iustus et peccator, consagra el desempoderamiento absoluto: el hombre es basura de forma permanente y solo un acto de condescendencia divina (la gracia) lo cubre. Es la capitulación total del individuo.
3. El igualitarismo y el "sacerdocio universal"

Nietzsche veía en la doctrina luterana del sacerdocio universal de todos los creyentes el germen del comunismo, la democracia y el igualitarismo moderno, movimientos que él consideraba formas laicas de la moral de esclavos.

Al abolir la jerarquía eclesiástica (obispos, papas, órdenes religiosas superiores) y decir que el zapatero y el monje valen lo mismo ante Dios, Lutero democratizó el espíritu plebeyo. El catolicismo, al menos, mantenía una estructura jerárquica, cortesana, estética y ritual que Nietzsche, como aristócrata del espíritu, encontraba mucho más respetable.


Una cita lapidaria de Nietzsche sobre Lutero: "El protestantismo es una forma de hemiplejía del cristianismo y de la razón... Se necesita ser protestante para no comprender lo que fue la Reforma: el levantamiento de los rezagados, de las razas atrasadas y groseras de Europa contra el genio del Renacimiento".

El catolicismo, al exigir la cooperación del hombre, el refinamiento de las obras y el valor del mérito, conserva una psicología de la acción y el cultivo de uno mismo. El luteranismo, al operar ese "cortocircuito socrático" donde el hombre es sustituido por Dios a través de una fe pasiva, representa para Nietzsche la máxima expresión del nihilismo: el momento en que el hombre renuncia por completo a sus propias fuerzas y se entrega a la autodenigración absoluta.


martes, 9 de junio de 2026

EL PLIEGUE DEL AFUERA COMO PROCESO DE SUBJETIVACIÓN EN FOUCAULT Y DELEUZE. La presencia impactante de Foucault.

Gilles Deleuze escribe sobre Foucault, y al hacerlo el pensamiento de ambos crece con nuevos desarrollos conceptuales que vale la pena atender.

El sujeto cartesiano, el sujeto trascendental de Kant, ambos son conceptos que no se corresponden con algo real. Frente a ello se proponen procesos de subjetivación, que en el caso de Foucault son de resistencia y en el caso de Deleuze son de fluidez y de fuga.

El "Afuera"

Para Foucault (leído por Deleuze), el Afuera no es un lugar físico, sino el reino de lo impensado, de la fuerza pura y del azar. Es una línea de fuerza que no tiene forma, que es salvaje y que, si nos tocara directamente, nos destruiría o nos volvería locos. El Afuera es libertad pura, pero también es un caos que no podemos habitar tal cual.

El "Pliegue" (Le Pli)

Deleuze utiliza la metáfora del pliegue para explicar cómo se crea un "dentro". Imagina una hoja de papel que representa el Afuera. Si la hoja está estirada, no hay intimidad, no hay sujeto. Cuando plegamos esa hoja sobre sí misma, creamos un hueco, un espacio interior.

Ese espacio interior es lo que llamamos subjetividad. No es que tengamos un alma o un "yo" esencial dentro; lo que llamamos "yo" es simplemente una parte del afuera que ha sido doblada para crear una cavidad donde la fuerza puede descansar y reconocerse a sí misma.


La subjetivación como resistencia

Normalmente somos "sujetados" por el poder (la escuela, la cárcel, el hospital). Pero el proceso de subjetivación implica subjetivarse, plegar la línea por cuenta propia. Es crear un "adentro" que sea inalcanzable para el poder exterior. Al plegar la línea del Afuera, uno se convierte en dueño de sus propias fuerzas en lugar de ser solo un títere de las normas sociales: "La subjetivación es la producción de una existencia que no se puede reducir a los saberes establecidos ni a los poderes dominantes."

Plegar la línea del Afuera significa hacer que la fuerza se afecte a sí misma. En lugar de que el mundo te golpee y te moldee, tú tomas esa energía del exterior y la doblas para construir tu propia forma de vivir, tu propia "guarida" ética.


miércoles, 27 de mayo de 2026

LA CONCEPCIÓN POSITIVA DE MAL EN BAUDELAIRE. NO PODER SOPORTAR LA MEDIOCRIDAD.

Abordar el mal desde una concepción positiva no significa decir que el mal sea "bueno", sino tratarlo como una entidad real, una fuerza con peso ontológico propio, y no simplemente como una ausencia de algo.

En la metafísica clásica, el mal solía definirse como privatio boni (privación


del bien), pero la perspectiva positiva lo sitúa como un problema mucho más complejo.

A diferencia de la visión que tiene por ejemplo san Agustín, donde el mal es un "agujero" en el ser, la concepción positiva sostiene que el mal tiene una esencia y una eficacia. El Dualismo Ontológico es la forma más radical de esta postura. Sistemas como el maniqueísmo, donde san Agustín había estado, proponen que existen dos principios eternos y co-sustanciales: el Principio del Bien (Luz) y el Principio del Mal (Oscuridad). Aquí, el mal no es una falta de luz, es una oscuridad activa que lucha por dominar. 

Con Baudelaire, el mal deja de ser una categoría abstracta de la teología para convertirse en una experiencia estética y vital. Él es el máximo exponente de lo que podríamos llamar una "metafísica de la transgresión". En su obra, especialmente en Las flores del mal, el mal no es una ausencia de luz, sino una presencia palpable, seductora y, sobre todo, sustancial.

Para Baudelaire, el mal es la condición natural del hombre caído, pero también la única vía de escape frente a la mediocridad del mundo moderno, o de mundo en general.

Baudelaire plantea una dualidad metafísica constante entre dos fuerzas que tiran del alma humana simultáneamente: La aspiración a la belleza pura, lo espiritual y lo infinito y el Spleen: el tedio, la angustia, el peso del tiempo y la conciencia de la propia degradación.

En esta lucha, el mal no es un error, sino una fuerza gravitatoria que atrae. El hombre siente una fascinación natural por el abismo: "Hay en todo hombre, a toda hora, dos postulaciones simultáneas, una hacia Dios y otra hacia Satán".

Baudelaire realiza un giro metafísico revolucionario: extrae belleza de la fealdad y el pecado. Esto rompe con la idea clásica de que lo "Bello" debe ser necesariamente "Bueno". 

(La unidad, bondad, belleza; son trascendentales del ser, de todo ser creado por Dios, toda criatura,en la tradición de la escolástica tomista).

Frente a ello:

La positividad de la destrucción: El mal tiene una forma, un color y una fragancia (aunque sea la de la carroña). Al darle forma poética, el mal adquiere una existencia positiva que desafía a la naturaleza.

El Dandy como héroe del mal, decide crear su propia moral frente a la naturaleza "malvada" y vulgar. Para Baudelaire, la naturaleza es el reino del instinto ,el mal natural (o más bien cierta crueldad que se da entre animales), mientras que el artificio y el pecado consciente son actos de la voluntad humana.

 El Satán de Baudelaire como el "Dios de los vencidos"

En sus poemas (como Las Letanías de Satán), Satán no es el villano  sino una figura metafísica de la resistencia y el conocimiento:

El Consolador: Satán es el patrón de aquellos que sufren, de los marginados y de los que han sido derrotados por la vida.

El Inventor: Representa la inteligencia y la rebeldía contra la tiranía de una creación imperfecta

La Conciencia: El mal es lo que nos permite ser conscientes de nuestra propia existencia. Sin el mal, el hombre viviría en la inocencia ciega de los animales.

El Pecado como Prueba de Existencia

Para Baudelaire, el mal es positivo porque es consciente. La mayor victoria del mal (y del Diablo) es "convencernos de que no existe", porque en su invisibilidad nos vuelve mediocres.

Al reconocer el mal, al abrazar el remordimiento y la culpa, el ser humano afirma su propia alma. El mal es el reactivo químico que revela la profundidad del espíritu.

"Es más difícil amar a Dios que creer en él. Por el contrario, es más difícil creer en el Diablo que amarlo. Todo el mundo lo ama y nadie cree en él."

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Lo que nos trae aquí Baudelaire no interpela de un modo interesante.  Hay un mal absoluto, que no es el mal que nos presenta la tradición, con sus valores, sus vicios y sus pecados. Ese mal absoluto, aquello que no se puede soportar, es la mediocridad. De tal modo que si no se puede ser santo, si no se puede ser perfecto,  si no se pueden cumplir la expectativas puestas en nosotros, antes que una vida inconsciente, mediocre, una vida cotidiana inauténtica, en expresión de Heidegger; para salir de la mediocridad hay que transgredir los valores (algo sobre lo que Nietzsche desarrolló gran parte de su pensamiento).

Este no soportar la mediocridad, lo vulgar, lo ordinario, está desde luego hoy ahí. La pregunta es si el camino fácil es precisamente el de rendirse, renunciar a ser perfectos (al "sed perfectos"), y por lo tanto el camino fácil es al fin y al cabo el camino vulgar. 

La cuestión no es de repuesta inmediata, pues el camino de la transgresión no es tampoco un camino fácil cuando se lleva con dedicación a sus últimas consecuencias.: el mal como obra de arte ( una especie de proceso de subjetivación al estilo de Foucault o Deleuze). 

Quizás un primera precaución fuese evitar elegir el camino de la transgresión como un camino que parece fácil, de resistencia poco exigente, sin ser conscientes (siendo inconscientes) de que ese camino conduce a lugares no elegidos, a lugares donde se llega inconscientemente, que puede ser, y eso sería lo más irónico, mediocres y vulgares.


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martes, 26 de mayo de 2026

RELATOS TRÁGICOS GRIEGOS VS. RELATOS TRÁGICOS BÍBLICOS

 La tragedia griega es un tópico de estudio, al menos, sin duda, desde Nietzsche. sobre el tema vuelve más tarde Giorgio Colli; y ambos nos dan análisis profundos sobre el significado de estos relatos y sobre el papel que la tragedia tiene en la vida de los griegos. 

Menos habitual es la pregunta por los relatos trágicos en otras culturas. Y precisamente porque los relatos bíblicos nos son familiares, parece como si la tragedia no estuviese tratada en ellos. O no lo estuviese con la intensidad con la que está en el ámbito griego.

Nada más lejos de una lectura detenida de los libros que componente el antiguo testamento, sobre todo, de los libros más antiguos.

En los libros que nos cuentan el reinado de David encontramos relatos que tienen todas las características de una tragedia griega: violaciones de hermano a hermana, resentimientos intensos entre hermanos, homicidios, luchas entre padres e hijos, muertes del hijo enfrentado al padre,..

 Absalón es un relato bíblico trágico

Sin embargo, es cierto que presentan un formato y, sobre todo, un trasfondo diferente, que es lo que hace que la comparación de las tragedias griegas con los relatos bíblicos sea digno de atención.

El género literario utilizado en cada caso, la forma en que se exponen o representan, el modo en que se reciben; todo ello es muy relevante. Pero lo que queremos destacar aquí es el marco en el que se contextualizan unos relatos y otros.

En el relato bíblico, cada paso, cada cosa que sucede, forma parte de una historia gobernada por un dios trascendente todopoderoso. En el caso griego hay personajes, ya sean mortales, semidioses o incluso dioses, que no tiene el control total; sino que se ven ennvueltos en tramas con destinos fatales, pero en las que hay decisiones que tomar que afectan al fondo del asunto. 

Podría decirse que el relato griego, aunque forma parte de una historia circular, esa circularidad puede inscribirse en una plano, en el que el círculo puede cambiar de tamaño o de posición, para colocarse en otras coordenadas situacionales. En el relato bíblico, aunque lineal, se mueve en una franja diseñada para alcanza un fin prediseñado desde siempre.

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