Martín Lutero proclama la Sola Fide (la salvación por la sola fe). Y comienza ahí un desmantelamiento radical de la estructura teológica medieval. Las otras dos virtudes teologales, la esperanza y la caridad, no desaparecen, pero son expulsadas del proceso de la justificación ( proceso mediante el cual Dios declara justo y absuelve de toda culpa al pecador).
Para Lutero, la esperanza y la caridad ya no son aliadas de la fe para abrir las puertas del cielo, sino que pasan a ser consecuencias directas y subordinadas de ella.
En la teología católica (que luego ratificaría Trento), la fe por sí sola no justifica si no está unida a la caridad (el amor): la caridad es lo que le da vida y hace valiosa la fe.
Lutero consideraba que esto era una aberración que introducía las obras humanas por la puerta trasera. Para él, mezclar la caridad con la justificación significaba que el hombre se salvaba, en parte, gracias a sus propias fuerzas,
La caridad (está pensando básicamente en el pago de indulgencias) no nos justifica. Solo la fe justifica, porque la fe es la mano vacía del pecador que se limita a recibir y aferrarse a los méritos de Cristo. (No se va con las manos llenas del pago hecho al comprar indulgencias).
Una vez que el hombre ha sido justificado por la fe, la caridad nace de forma automática e inevitable. Lutero decía que es imposible separar la fe de las obras de caridad, de la misma manera que es imposible separar el fuego del calor y de la luz. El creyente, al saberse ya salvado gratuitamente, desborda caridad hacia el prójimo, no para escalar al cielo, sino por pura gratitud.
En el catolicismo clásico, la esperanza es la tensión hacia un bien futuro que es posible, pero que aún no se posee con seguridad absoluta, ya que el ser humano, debido a su libre albedrío, siempre puede pecar, rechazar la gracia y condenarse. Lutero consideraba, sin embargo, que vivir en la incertidumbre sumía al cristiano en una angustia agónica (la misma que él sufrió en la experiencia de la torre). Al formular la Sola Fide, la esperanza sufre una mutación . Se funde estrechamente con la fe para convertirse en una certeza absoluta y una confianza inconmovible en las promesas de Dios.
Para la teología reformada, el orden de las virtudes de San Pablo ("Ahora permanecen la fe
, la esperanza y la caridad; pero la mayor de ellas es la caridad", 1 Corintios 13) se lee con una distinción cronológica y funcional muy estricta: la Fe mira al presente y se apropia de la promesa del perdón de Cristo aquí y ahora (nos justifica). La Esperanza mira al futuro y descansa con seguridad en que Dios completará esa obra en la eternidad. La Caridad mira hacia abajo y hacia los lados (al prójimo) en la tierra, gastándose en buenas obras como un resultado natural de las dos primeras.
Que la caridad sea consecuencia necesaria de la fe nos recuerda la posición de Sócrates con respecto a la relación entre saber y virtud.
En efecto, la Sola Fide de Lutero opera en el orden de la salvación de una manera asombrosamente idéntica a cómo el saber (la episteme) opera en la ética de Sócrates. Ambas posturas comparten un principio filosófico de fondo: el determinismo intelectual o moral. Si el principio motor (el saber o la fe) está verdaderamente presente, la acción recta se sigue de forma automática, necesaria e inevitable.
Para Sócrates el mal no es el resultado de una debilidad de la voluntad, sino del atropello de la ignorancia. Es lo que la filosofía llama intelectualismo moral.
Nadie hace el mal a sabiendas ni queriendo el mal para sí mismo. Si una persona sabe realmente qué es lo bueno, es imposible que elija lo malo. El conocimiento del bien es tan poderoso que arrastra la voluntad de inmediato hacia la acción virtuosa. Quien sabe el bien, hace el bien.
Lutero traslada exactamente esta misma estructura del plano de la razón griega al plano de la gracia de la Reforma. Para él, las obras de caridad no se buscan de forma separada a la fe, porque la fe verdadera no es una mera creencia intelectual pasiva, sino una transformación del entendimiento y el corazón. Si un ser humano tiene una fe viva es metafísicamente imposible que no produzca obras de caridad. La fe viva subyuga y recrea la voluntad. No necesitas obligar al cristiano a amar a su prójimo, de la misma manera que no necesitas obligar a un árbol sano a dar manzanas; las da porque no puede hacer otra cosa. El pecado o la falta de caridad en un protestante, por lo tanto, no es un fallo de su "fuerza de voluntad", sino un síntoma inequívoco de una falta o debilidad de fe (el equivalente luterano a la ignorancia socrática).
Tanto Sócrates como Lutero eliminan de sus sistemas la acrasia: actuar en contra de lo que uno sabe que es correcto debido a la debilidad de la voluntad. Sin embargo, para el catolicismo un cristiano puede tener una fe perfecta y ortodoxa, pero debido a la concupiscencia y a un libre albedrío debilitado, puede elegir libremente pecar y no tener caridad (una fe "muerta" o sin obras). La fe y la voluntad van por carriles que pueden bifurcarse.
Pero para Sócrates y Lutero esa bifurcación es una ilusión. Si dices que "sabes lo que es justo pero haces lo injusto" (Sócrates), en realidad no lo sabías, solo tenías una opinión superficial. Si dices que "tienes fe pero no tienes obras de caridad" (Lutero), en realidad no tienes fe, tienes una máscara hipócrita.El saber socrático y la fe luterana no son herramientas que el hombre "usa" si le apetece; son fuerzas transformadoras que, una vez instaladas en el sujeto, dictan de manera inevitable su conducta en el mundo.
Pero cómo casa esto con el pesimismo antropológico luterano del hombre caído?Aquí es donde se revela la verdadera costura del sistema de Lutero y donde la analogía con Sócrates alcanza su máxima profundidad filosófica. A primera vista, parece una contradicción insoluble: ¿cómo puedes tener una confianza tan absoluta en el poder de la fe para generar obras automáticamente si, al mismo tiempo, defiendes que el ser humano está completamente corrompido, esclavizado y es un "estiércol" incapaz de hacer el bien?
La respuesta para Lutero consiste en decir que la fe no es una facultad humana. La fe no es algo que el hombre caído produzca, elija o desarrolle desde su libertad.
Si el saber en Sócrates es una conquista de la razón humana a través del diálogo, la fe en Lutero es un injerto divino que sustituye al sujeto caído.
El encaje de estas dos piezas se explica a través de tres claves teológicas:
El hombre actúa en esto como un sujeto pasivo (El "caballo" de Lutero). En De servo arbitrio (Sobre la voluntad esclava, 1525), Lutero utiliza una analogía muy cruda para explicar el pesimismo antropológico. Dice que la voluntad humana es como un animal de carga: "Si Dios cabalga sobre ella, quiere y va a donde Dios quiere [...]. Si Satán cabalga sobre ella, quiere y va a donde Satán quiere. Y no está en su elección correr hacia uno u otro jinete o buscarlo, sino que los jinetes mismos disputan para obtenerla y poseerla". El hombre caído está permanentemente montado por Satán; su razón está ciega y su voluntad solo puede querer el pecado. Por lo tanto, el hombre no puede "llegar a tener fe" por un acto de lucidez. La fe es un acto de violencia soberana de Dios: Dios descabalga a Satán, toma las riendas del sujeto e infunde la fe de manera unilateral.
La fe es la presencia viva de Cristo en el hombre. Cuando Lutero dice que la fe actúa automáticamente produciendo obras, no está diciendo que la mente del hombre se haya vuelto buena. Lo que está diciendo es que Cristo mismo está operando a través de la fe. La fe es el canal por el cual se produce un "admirable intercambio" (admirabile commercium): Cristo toma los pecados del hombre y el hombre recibe la justicia de Cristo. Por lo tanto, cuando el hombre justificado hace una obra de caridad, no es el hombre caído quien la hace; es el Cristo que habita en él por la fe. El optimismo moral de las obras no pertenece al ser humano, pertenece al "jinete" divino que ha tomado el control del sujeto.
La paradoja del Simul iustus et peccator es la fórmula definitiva de Lutero: el cristiano es simultáneamente justo y pecador. Si miras al hombre en su naturaleza caída (lo que él es por sí mismo), sigue siendo un corrupto, un egoísta y un esclavo del pecado. El pesimismo antropológico se mantiene intacto al 100% hasta el día de su muerte.
Si miras al hombre en su justificación (lo que Dios ve a través de la fe), está completamente cubierto por la nieve pura de la justicia de Cristo.
¿Cómo se conecta esto con el intelectualismo moral?
La fe encaja con el pesimismo antropológico porque la fe es la negación del hombre y la afirmación de Dios. Las obras de caridad brotan de forma inevitable no porque el hombre haya sido sanado o mejorado, sino porque ha sido sustituido operativamente por Cristo en el acto de la fe.
Ciertamente, para Nietzsche, el luteranismo no fue un avance ni una liberación, sino una recaída trágica en lo peor del espíritu judeocristiano. En su obra tardía, especialmente en El Anticristo (1888), Nietzsche despliega un desprecio feroz hacia Martín Lutero, precisamente porque el protestantismo radicalizó el pesimismo antropológico, destruyó la soberanía del mérito y anuló cualquier intento de autoafirmación y empoderamiento humano, subordinándolo por completo a una gracia exterior y tiránica.
Nietzsche prefiere el catolicismo (especialmente el de ciertas épocas) frente al luteranismo por varias razones fundamentales que encajan con tu planteamiento:
1. Lutero está contra el Renacimiento
Para Nietzsche, el Renacimiento italiano representaba el momento cumbre en que la humanidad europea estuvo a punto de emanciparse de la "moral de esclavos" del cristianismo. Los papas del Renacimiento (como Julio II o León X) ya no creían realmente en el dogma; utilizaban la Iglesia como un instrumento de poder, belleza, arte, refinamiento y desprecio por las masas. El hombre se estaba empoderando a través de la voluntad de poder y la estética.
Y entonces llegó Lutero. Nietzsche describe a Lutero como un monje bárbaro, resentido, grosero y pueblerino que, al ir a Roma, se escandalizó del glorioso triunfo de la vida sobre el dogma.
Al protestar, Lutero restauró el cristianismo decadente que ya estaba muriendo:
"Lutero vio la corrupción del papado cuando precisamente se tenía ante los ojos lo contrario: el papado ya no estaba sentado en la silla del pecado, de la decadencia, de la muerte, ¡sino en la vida! [...] ¡Lutero restauró la Iglesia!" (El Anticristo, §61).
2. El odio luterano a la razón y al mérito (El grado cero del empoderamiento)
Nietzsche odiaba en Lutero lo mismo que el Concilio de Trento combatió, pero por razones opuestas. A Nietzsche le horrorizaba que Lutero llamara a la razón "la mayor puta del diablo" y que redujera al ser humano a un agente puramente pasivo, un animal de carga sin libre albedrío.
El catolicismo mantenía una puerta abierta al orgullo humano: la doctrina del mérito y de las obras. En el catolicismo, el hombre puede ganar, acumular y negociar su estatus mediante sus acciones (las indulgencias, la ascesis, el esfuerzo moral). Para Nietzsche, esto conserva un rastro de "voluntad de poder" y de responsabilidad aristocrática.
El luteranismo, con la Sola Fide y el Simul iustus et peccator, consagra el desempoderamiento absoluto: el hombre es basura de forma permanente y solo un acto de condescendencia divina (la gracia) lo cubre. Es la capitulación total del individuo.
3. El igualitarismo y el "sacerdocio universal"
Nietzsche veía en la doctrina luterana del sacerdocio universal de todos los creyentes el germen del comunismo, la democracia y el igualitarismo moderno, movimientos que él consideraba formas laicas de la moral de esclavos.
Al abolir la jerarquía eclesiástica (obispos, papas, órdenes religiosas superiores) y decir que el zapatero y el monje valen lo mismo ante Dios, Lutero democratizó el espíritu plebeyo. El catolicismo, al menos, mantenía una estructura jerárquica, cortesana, estética y ritual que Nietzsche, como aristócrata del espíritu, encontraba mucho más respetable.
Una cita lapidaria de Nietzsche sobre Lutero: "El protestantismo es una forma de hemiplejía del cristianismo y de la razón... Se necesita ser protestante para no comprender lo que fue la Reforma: el levantamiento de los rezagados, de las razas atrasadas y groseras de Europa contra el genio del Renacimiento".
El catolicismo, al exigir la cooperación del hombre, el refinamiento de las obras y el valor del mérito, conserva una psicología de la acción y el cultivo de uno mismo. El luteranismo, al operar ese "cortocircuito socrático" donde el hombre es sustituido por Dios a través de una fe pasiva, representa para Nietzsche la máxima expresión del nihilismo: el momento en que el hombre renuncia por completo a sus propias fuerzas y se entrega a la autodenigración absoluta.
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