miércoles, 27 de mayo de 2026

LA CONCEPCIÓN POSITIVA DE MAL EN BAUDELAIRE. NO PODER SOPORTAR LA MEDIOCRIDAD.

Abordar el mal desde una concepción positiva no significa decir que el mal sea "bueno", sino tratarlo como una entidad real, una fuerza con peso ontológico propio, y no simplemente como una ausencia de algo.

En la metafísica clásica, el mal solía definirse como privatio boni (privación


del bien), pero la perspectiva positiva lo sitúa como un problema mucho más complejo.

A diferencia de la visión que tiene por ejemplo san Agustín, donde el mal es un "agujero" en el ser, la concepción positiva sostiene que el mal tiene una esencia y una eficacia. El Dualismo Ontológico es la forma más radical de esta postura. Sistemas como el maniqueísmo, donde san Agustín había estado, proponen que existen dos principios eternos y co-sustanciales: el Principio del Bien (Luz) y el Principio del Mal (Oscuridad). Aquí, el mal no es una falta de luz, es una oscuridad activa que lucha por dominar. 

Con Baudelaire, el mal deja de ser una categoría abstracta de la teología para convertirse en una experiencia estética y vital. Él es el máximo exponente de lo que podríamos llamar una "metafísica de la transgresión". En su obra, especialmente en Las flores del mal, el mal no es una ausencia de luz, sino una presencia palpable, seductora y, sobre todo, sustancial.

Para Baudelaire, el mal es la condición natural del hombre caído, pero también la única vía de escape frente a la mediocridad del mundo moderno, o de mundo en general.

Baudelaire plantea una dualidad metafísica constante entre dos fuerzas que tiran del alma humana simultáneamente: La aspiración a la belleza pura, lo espiritual y lo infinito y el Spleen: el tedio, la angustia, el peso del tiempo y la conciencia de la propia degradación.

En esta lucha, el mal no es un error, sino una fuerza gravitatoria que atrae. El hombre siente una fascinación natural por el abismo: "Hay en todo hombre, a toda hora, dos postulaciones simultáneas, una hacia Dios y otra hacia Satán".

Baudelaire realiza un giro metafísico revolucionario: extrae belleza de la fealdad y el pecado. Esto rompe con la idea clásica de que lo "Bello" debe ser necesariamente "Bueno". 

(La unidad, bondad, belleza; son trascendentales del ser, de todo ser creado por Dios, toda criatura,en la tradición de la escolástica tomista).

Frente a ello:

La positividad de la destrucción: El mal tiene una forma, un color y una fragancia (aunque sea la de la carroña). Al darle forma poética, el mal adquiere una existencia positiva que desafía a la naturaleza.

El Dandy como héroe del mal, decide crear su propia moral frente a la naturaleza "malvada" y vulgar. Para Baudelaire, la naturaleza es el reino del instinto ,el mal natural (o más bien cierta crueldad que se da entre animales), mientras que el artificio y el pecado consciente son actos de la voluntad humana.

 El Satán de Baudelaire como el "Dios de los vencidos"

En sus poemas (como Las Letanías de Satán), Satán no es el villano  sino una figura metafísica de la resistencia y el conocimiento:

El Consolador: Satán es el patrón de aquellos que sufren, de los marginados y de los que han sido derrotados por la vida.

El Inventor: Representa la inteligencia y la rebeldía contra la tiranía de una creación imperfecta

La Conciencia: El mal es lo que nos permite ser conscientes de nuestra propia existencia. Sin el mal, el hombre viviría en la inocencia ciega de los animales.

El Pecado como Prueba de Existencia

Para Baudelaire, el mal es positivo porque es consciente. La mayor victoria del mal (y del Diablo) es "convencernos de que no existe", porque en su invisibilidad nos vuelve mediocres.

Al reconocer el mal, al abrazar el remordimiento y la culpa, el ser humano afirma su propia alma. El mal es el reactivo químico que revela la profundidad del espíritu.

"Es más difícil amar a Dios que creer en él. Por el contrario, es más difícil creer en el Diablo que amarlo. Todo el mundo lo ama y nadie cree en él."

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Lo que nos trae aquí Baudelaire no interpela de un modo interesante.  Hay un mal absoluto, que no es el mal que nos presenta la tradición, con sus valores, sus vicios y sus pecados. Ese mal absoluto, aquello que no se puede soportar, es la mediocridad. De tal modo que si no se puede ser santo, si no se puede ser perfecto,  si no se pueden cumplir la expectativas puestas en nosotros, antes que una vida inconsciente, mediocre, una vida cotidiana inauténtica, en expresión de Heidegger; para salir de la mediocridad hay que transgredir los valores (algo sobre lo que Nietzsche desarrolló gran parte de su pensamiento).

Este no soportar la mediocridad, lo vulgar, lo ordinario, está desde luego hoy ahí. La pregunta es si el camino fácil es precisamente el de rendirse, renunciar a ser perfectos (al "sed perfectos"), y por lo tanto el camino fácil es al fin y al cabo el camino vulgar. 

La cuestión no es de repuesta inmediata, pues el camino de la transgresión no es tampoco un camino fácil cuando se lleva con dedicación a sus últimas consecuencias.: el mal como obra de arte ( una especie de proceso de subjetivación al estilo de Foucault o Deleuze). 

Quizás un primera precaución fuese evitar elegir el camino de la transgresión como un camino que parece fácil, de resistencia poco exigente, sin ser conscientes (siendo inconscientes) de que ese camino conduce a lugares no elegidos, a lugares donde se llega inconscientemente, que puede ser, y eso sería lo más irónico, mediocres y vulgares.


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