La fascinación y el apoyo coyuntural de Michel Foucault al movimiento revolucionario iraní entre 1978 y 1979 responde al cruce de varias claves filosóficas, sociopolíticas y metódicas de su propia obra, más que a una simpatía doctrinal con el fundamentalismo religioso.
Foucault no era un militante del islamismo, sino un observador que viajó a Teherán como corresponsal para el diario italiano Corriere della Sera.
El núcleo de la fascinación de Foucault fue lo que denominó espiritualidad política.
Foucault estaba desencantado con los marcos políticos tradicionales de Occidente. Veía la Revolución Iraní como la primera gran insurrección que no encajaba en la teleología marxista ni en el paradigma de la Ilustración liberal. Representaba una «tercera vía» que rompía tanto con la hegemonía estadounidense como con la soviética y suponía un rechazo a la modernización autoritaria y biopolítica
El Shah de Irán impuso un proyecto de modernización acelerada y secularización forzosa respaldado por un aparato estatal represivo (la policía secreta SAVAK).
Le impresionó la dimensión trágica y simbólica de la mitología chiita (como la conmemoración del martirio del Imán Hussein en Karbalá). Vio cómo los rituales religiosos y el estar dispuesto a arriesgar la vida desnuda frente a un ejército moderno funcionaban como un acto político-jurídico de deslegitimación del soberano.
Cuando la población hablaba de un «gobierno islámico», Foucault no lo interpretó como la instauración de una teocracia clerical totalitaria, sino como la expresión utópica de un deseo de justicia social, ética colectiva y solidaridad que la política secular occidental no podía ofrecer.
La polémica y la retractación posterior
La lectura de Foucault recibió severas críticas de intelectuales de la época (como Maxime Rodinson o Simone de Beauvoir) y de pensadores posteriores (como Janet Afary y Kevin Anderson), quienes le reprocharon una ingenuidad filosófica que ignoraba el carácter reaccionario, patriarcal y autoritario de los clérigos en torno al Ayatolá Jomeini.
Con la toma definitiva del poder por parte de Jomeini en 1979, el rápido sofocamiento de las facciones de izquierda y la represión violenta contra las mujeres y la oposición secular, Foucault fue matizando sus posturas.
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