jueves, 4 de mayo de 2017

RELIGIÓN Y PODER. TEODOSIO EL GRANDE, EL SAQUEO DE ROMA Y SAN AGUSTÍN


El 17 de enero del año 395 DNE., muere el emperador Teodosio. Cuarenta días después,  el obispo Ambrosio de Milán pronuncia el discurso fúnebre en honor del emperador fallecido. 
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El discurso de san Ambrosio se conserva:

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Ambrosio destaca sobre todo el estatus que Teodosio tiene como baluarte cristiano en el seno de la sociedad romana.

Resultado de imagen de muerte de teodosioPor otra parte, Rufino de Aquileya, más o menos por los mismos años, traduce y amplia la historia de la Iglesia que había compuesto Eusebio de Cesarea (biógrafo de Constantino el Grande), y la hace llegar  hasta el tiempo de Teodosio. 

Rufino trata de demostrar que cuanto sucede forma parte de un plan divino encaminado a la salvación de los fieles; y en concreto, todos los acontecimientos del reinado de Teodosio. La historia está en manos de la Providencia y el hombre no es más que un instrumento para que se cumpla la voluntad divina. El emperador es el paladín de una causa justa y por ello se ve favorecido por los dones divinos. El emperador y la Providencia van por el mismo camino.

Sin embargo, en muy poco tiempo, san Agustín, que muere en el año 430, va a construir un discurso que justifica la bifurcación de esos caminos. 
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La Ciudad de Dios ,una de las obras más conocidas e influyentes de san Agustín, contiene su reflexión política. Fue escrita entre el 413 y el 427, en catorce años de trabajo. El impulso inicial para la composición de este texto fue la reacción, tanto de cristianos como de paganos, a la invasión y saqueo de la ciudad de Roma que los visigodos, liderados por Alarico, perpetraron en el año 410.  

Tras este hecho, el emperador de Roma ya no es la garantía de la continuidad y del triunfo del cristianismo, como lo había sido con los emperadores desde Constantino, con la excepción de Juliano. En ese contexto se entiende el giro dado por Agustín. 

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Leer directamente a san Agustín:
LA CIUDAD DE DIOS 

Con prologo de Montes de Oca

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A finales del siglo IV, los bárbaros llegaron, no como estaban todos habituados a verlos antaño, es decir, como soldados más o menos encuadrados, sino por tribus enteras, con mujeres y niños, con carromatos, carretas de bagajes, caballerías de reserva, animales y rebaños. El término exacto para designar aquel fenómeno, mucho más que la palabra española invasión, que hace pensar, sobre todo, en la entrada de un ejército en un país, sería el alemán Völkerwanderung, migración de pueblos (aunque hay de lo uno y de lo otro). Algo que el universo mediterráneo había conocido más de mil años antes de nuestra era, cuando los invasores asaltaron los viejos imperios del Egeo y del Levante.

Uno de los episodios que mayor trascendencia tuvo y que más conmoción causó en el seno del Imperio fue el saqueo de Roma por las tropas de Alarico en el año 410. Acontecimiento terrible, que depositó un dejo de tristeza aun en los espíritus más firmes, aunque no fuese totalmente inesperado. 

En el 408 Agustín había tenido ya noticias de cómo los vándalos habían invadido Hispania y cómo habían incendiado sistemáticamente todas las basílicas y asesinado a muchos. 

A comienzos del 409, cuando los visigodos amenazaron por vez primera directamente a Roma, reprendía Agustín a una matrona allí residente porque, habiéndole escrito tres veces, nada le contaba sobre la situación: "Tu última carta no me dice nada sobre vuestras tribulaciones. Y querría saber qué hay de cierto en un confuso rumor llegado hasta mí acerca de una amenaza a la Ciudad".

El temor del obispo de Hipona se convertiría en desoladora realidad en menos de dos años. Roma, la inexpugnable Roma, fue conquistada por Alarico y entregada al saqueo; la Ciudad eterna tuvo que confesarse mortal. La fecha del 24 de agosto de 410 sonó en los oídos romanos como la campana de la agonía. Durante cuatro días consecutivos se desencadenó allí un frenesí de crímenes y de violencias, en una atmósfera de pánico. 

El mundo parecía decapitado. El vacío siguió al saqueo. Los perros aullaban en los palacios desiertos y los supervivientes, agotados por el hambre, después de cinco días de forzada abstinencia se daban la mano para sostenerse en pie por las calles cubiertas de cadáveres, mientras chirriaban, camino del sur, por la Vía Apia, los carros cargados de oro y plata y de jóvenes cautivos.

La administración del Imperio, y el emperador Honorio mismo, hacía varios años que ya no residían en  Roma. Retirados a Ravena, fortalecidos detrás de una fuerte cintura de lagunas, se hallaban a buen recaudo desde el 404.

Para complicar las cosas, Alarico era cristiano, arriano pero cristiano.

El día de San Pedro y San Pablo del año 411, diez meses después del saqueo, Agustín se dejó caer, como sin pretenderlo, en el tema del destino de la Ciudad: "Está escrito que los sufrimientos de este tiempo no pueden compararse con la gloria por venir que ha de revelarse en nosotros. Si es así, que nadie de vosotros piense hoy carnalmente. No es este el momento. El mundo ha sido sacudido, el hombre viejo despojado, la carne prensada: dad, por tanto, libre curso al espíritu... La ligera carga de la tribulación temporal nos depara un peso grande sobre toda ponderación de gloria eterna; porque lo que vemos es temporal y lo que no vemos es eterno. En Pedro mismo fue temporal la carne y no quieres tú que sean temporales las piedras de Roma...Lo que Cristo guarda, ¿se lo lleva acaso el godo? ¿Es que las memoriae de los apóstoles tenían que haberos preservado para siempre vuestros teatros de locos? ¿Es que murió y fue sepultado Pedro para que jamás caiga de los teatros una piedra? No, Dios obra con justicia y quita a los niños malos las golosinas de las manos. Basta ya de pecar y murmurar. ¡Qué vergüenza que anden los cristianos lamentándose de que Roma ha ardido en época cristiana. Roma ha ardido ya tres veces: bajo los galos, bajo Nerón y ahora con Alarico. ¿Qué sacamos de irritarnos? ¿Para qué rechinar de dientes contra Dios, porque arde lo que tiene costumbre de arder? Arde la Roma de Rómulo, ¿hay algo de extraño en ello? Todo el mundo creado por Dios arderá un día. ¡Pero es que la ciudad perece cuando en ella se ofrece el sacrificio cristiano? ¿Y por qué fue arrasada su madre Troya, cuando se ofrecían los sacrificios a los dioses? Lo sucedido ha sucedido porque el mundo tiene que meditar y, además, después de la predicación del Evangelio, es mucho más culpable que antes".

Pero el discurso de Agustín no era fácil.

Resultado de imagen de saqueo de Roma¿Por qué han sido muertos por el hierro de los bárbaros los servidores de Dios y conducidas al cautiverio sus servidoras? Las Escrituras prometen que por diez justos no hará perecer Dios la ciudad, ¿es qué no había en Roma cincuenta justos? Entre tantos fieles, entre tantos religiosos, entre tantos continentes, entre tantos siervos y siervas de Dios, ¿no se han podido hallar cincuenta justos, ni cuarenta, ni treinta, ni veinte, ni diez?... Muchos han sido llevados cautivos, muchos han sido muertos, muchos han sufrido diversas torturas. ¡Tantos horrores se nos han contado! Y, a la inversa, entre los que han salvado la vida gracias al asilo cristiano, no pocos eran paganos. ¿Por qué se extiende esa divina misericordia hasta a los impíos y a los ingratos?" 

Por otro lado, en el grupo de los paganos quedaban personajes influyentes como Volusiano: "de ninguna manera convienen al Estado la predicación y la doctrina cristiana, porque preceptos como no devolver a nadie mal por mal, presentar la otra mejilla a quien te abofetea en la derecha, dejar también el manto a quien quiere litigar contigo para arrebatar la túnica y caminar dos millas con quien te ha contratado para una, son nefastos para la conducta del Estado, y se oponen al bien de la República. Si el enemigo arrebata una provincia del Imperio, ¿habrá que renunciar a reconquistarla con las armas? Si han sobrevenido tales desventuras al Estado, es evidente que la culpa la tienen, los emperadores cristianos por observar la religión de Cristo".

De la idea de responder a Volusiano, a los paganos en general, pero también a los cristianos mismos, con la extensión que el tema merecía resulta la composición de La Ciudad de Dios, cuyo punto de arranque es éste pero que va mucho más allá. Es un drama en el que se enfrentan la antigüedad agonizante y el cristianismo todavía naciente.

De los veintidós libros que la componen, los cinco primeros libros refutan la tesis de los que hacen depender la prosperidad terrestre del culto dedicado por los paganos a los falsos dioses y pretenden que, si surgieron tantos males que nos abaten, es porque ese culto fue proscrito. Los cinco libros siguientes se alzan contra los que aseguran que estas desgracias no han sido ni serán perdonadas jamás a los mortales, que unas veces, terribles y otras soportables, se diversifican según los lugares, los tiempos, las personas, pero que sostienen por otra parte, que el culto de una multitud de dioses con los sacrificios que se les ofrecen, son útiles para la vida futura después de la muerte. Estos diez primeros libros son, por tanto, la refutación de las opiniones erróneas y hostiles a la religión cristiana.

En la segunda parte, la parte positiva, los primeros cuatro tratan del origen de las dos Ciudades, la de Dios y la, del mundo; los cuatro siguientes explican su desenvolvimiento o su progreso, y los cuatro últimos los, fines que les son asignados. 

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En la segunda parte, no basta demostrar la incoherencia y lo infundado del culto politeísta; es menester probar que, en efecto, toda la verdad se encuentra en el cristianismo. 

Se desarrolla en tres fases. 

Primero se discute el origen de la creación, y el origen el tiempo, que es el surco señalado por la mutabilidad de las criaturas. La historia de las dos ciudades entre los hombres tiene como preámbulo necesario la de las dos ciudades ultraterrenas: de los ángeles felices sujetos a Dios con sumisión y amor y de los demonios desventurados y rebeldes. En la caracterización de la ciudad terrena tienen extensa parte tres cuestiones: la del mal, que se explica como una deficiencia de perfección y cuya causa se achaca a un desvío de la voluntad respecto al bien supremo, que es Dios, hacia el individuo; la cuestión de la muerte en su sentido relativo (separación del alma del cuerpo: primera muerte) y en su sentido absoluto (muerte del alma: segunda muerte), con su separación sin remedio de Dios; y la cuestión del pecado original, de su naturaleza (desobediencia y orgullo), de sus manifestaciones (rebelión de la carne, concupiscencia, debilitamiento de la voluntad), y de sus efectos principales. Estos efectos pueden advertirse en toda la vida psíquica, que se muestra trastornada y perturbada por el predominio de las pasiones. 

Resultado de imagen de Cain y AbelLa segunda fase es la que considera los desarrollos de las dos ciudades: de la carnal, fundada en el amor de sí mismo, y de la espiritual, fundada en el amor de Dios. Cada una posee su propia manera de vivir y de gozar. La ciudad terrena finca su residencia y su felicidad relativa aquí abajo; la ciudad de Dios está sobre la tierra meramente de paso, en espera de la felicidad celeste. La ciudad terrena procede del fratricidio de Caín, mientras que la de Dios remonta sus comienzos hasta Abel. Cada una continúa en la serie de las generaciones que enumera la Biblia desde el Diluvio: Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, los Jueces; mientras se afirman las grandes monarquías de Babilonia y de Asiria. Y ello con un permanente significado simbólico, ya que las vicisitudes de Noé, de los Patriarcas, de Moisés y de otros personajes bíblicos semejantes prefiguran místicamente la ciudad de Dios en su peregrinación. Lo mismo vale para la época de los profetas, que señala el momento culminante y la crisis irreparable de Israel, realidad y símbolo al mismo tiempo de la ciudad de Dios. También aquí el significado simbólico profético predomina sobre el histórico (XVII). La ciudad terrena se desenvuelve, después de Noé y la dispersión de los pueblos, en las grandes monarquías orientales, de las cuales el autor da noticia valiéndose de la Crónica de Eusebio de Cesarea, en los reinados helénicos y en la Roma antigua; para esto se sirve de Varrón. Aquí queda subrayado el carácter mixto de la historia humana, la imposibilidad de distinguir en ella la ciudad terrena de la ciudad celeste, que siguen siendo dos realidades metafísicas, cuya separación empírica, sensible, queda reservada al juicio final de Dios. Esto vale, de modo particular, para los primeros siglos de la era cristiana, en que la Iglesia, la Ciudad de Dios, vive mezclada con la ciudad del mundo, hasta el punto de albergar en ella también hombres carnales, aunque tal vez deseosos de redención. De ahí las persecuciones, las herejías, los escándalos que, con todo, tienen su función beneficiosa sobre la ciudad de Dios metafísica: sus santos. 


Resultado de imagen de resurrección de los cuerposLa tercera fase se refiere al resultado final de las dos ciudades: felicidad eterna para la una, infelicidad también eterna para la otra. Aquí se vuelve a tratar extensamente la cuestión de la verdadera naturaleza de la felicidad y de su carácter necesariamente transcendental, divino. De aquí la confutación de los estoicos, que presumían arribar a ella por sus propios medios: la vida humana, vista con ojos realistas, es desorden, apasionamiento, violencia. La racionalidad y la paz no son de este mundo, ni es aquí donde las cosas reciben su valoración definitiva. Esta depende del juicio futuro de Dios. A su luz, el vicio se revelará como tal, aunque aquí abajo se presente con el aspecto fascinador de la virtud y de la felicidad. Nada seguro se sabe acerca de cuándo vendrá ni cómo se desarrollará. Desde luego, el juez será el Cristo glorioso, y la última fase de la historia humana estará muy agitada por luchas espirituales y acontecimientos físicos gigantescos; y ciertamente el fin y el juicio representaran una regeneración, una palingenesia del mundo. Entonces tendrá lugar también la distinción real de las dos ciudades. A la ciudad del mundo tocará una eternidad de dolor, a la vez moral y físico; eternidad de pena contra la cual no valen ni las objeciones físicas derivadas de la pretendida imposibilidad de un fuego que no se consume, ni las morales, que dependen de una presunta desproporción entre un pecado temporal y un castigo eterno: la gravedad del cual será, no obstante, proporcionada en intensidad a la entidad de la culpa. En cambio, a los santos quedará reservada la bienaventuranza eterna; no sólo para las almas en la contemplación de Dios, sino para los propios cuerpos que resucitarán a una vida real, aunque diversa de la terrena. La forma de la resurrección no está clara; pero, el hecho, a pesar de las objeciones de los platónicos, es cierto; como es seguro que, aun siendo la Ciudad de Dios en primer lugar obra de la predestinación divina, no es indiferente para ella la orientación del libre albedrío humano. La observación de la vida psíquica podrá dar a entender cuál ha de ser la bienaventuranza eterna como satisfacción de las exigencias positivas del hombre. Ella será, por lo tanto, el gran sábado, la paz suprema en el reino de Dios.

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